domingo, junio 20, 2010

Asedio medieval

El director de la UNRWA (Agencia de la ONU para los Refugiados Palestinos), el irlandés John Ging, tenía previsto pronunciar el pasado día 1, en la London School of Economics, una conferencia titulada Ilegal, inhumano e insensato: el asedio medieval a Gaza en 2010. A través de una política de sitio, que dura ya casi tres años, un millón y medio de palestinos han sido aislados, empobrecidos y en gran parte ignorados por el mundo exterior, clama Ging, un ex militar y diplomático de 45 años, acostumbrado a escenarios terribles y escandalizado por lo que presencia sistemáticamente en la franja palestina.

El asedio que padece Gaza es una medida medieval que amenaza con destruir las mentes y las perspectivas de futuro de cientos de miles de inocentes, una operación destinada a aniquilar la estructura de una sociedad civilizada, protesta Ging, encargado desde 2006 de distribuir la magra ayuda internacional en el territorio: 450 millones de dólares para 1,5 millones de personas que viven en un espacio equivalente a la mitad de la superficie de la ciudad de Madrid, muy afectado además por los bombardeos israelíes de diciembre de 2008 y enero de 2009 que destruyeron cientos de instalaciones civiles y viviendas. (La UNRWA colecta fondos para Gaza en la página http://www.yotambienmesumo.org).

Era este cerco, que destruye "las mentes y el futuro", lo que pretendían romper quienes viajaban en la flotilla asaltada violentamente, precisamente el día 1, por los militares israelíes. A
squeados por la pasividad de la comunidad internacional, de los Gobiernos occidentales, indiferentes ante el destino de los miles de inocentes que sufren el asedio, un grupo de hombres y mujeres aceptó participar en una operación destinada a llamar la atención sobre Gaza. Nunca pensaron que podría costarles la vida. Simplemente creyeron, como aseguró el escritor sueco Henning Mankell, que cuando se habla de solidaridad, "uno debe saber que es la acción lo que prueba el compromiso".

La activista Lauren Booths, que participó en otro intento anterior de romper el cerco, lo explicó muy bien en The Guardian: "Nuestra misión es simplemente mostrar a la población de Gaza que hay gente normal que se preocupa por su apremiante situación. Que sabemos de su miedo, de la prisión en la que están obligados a vivir. Y que tipos corrientes de buen corazón hacen lo que pueden para llevar su sufrimiento ante los ojos del mundo".

Sería importante que la ONU abriera una investigación formal sobre lo ocurrido en el Mavi Marmara, porque, aunque ahora pueda parecer que Israel goza de completa impunidad, interesa establecer que existen leyes internacionales y que si esas leyes han sido violadas, llegará el día, antes o después, en el que las autoridades de Tel Aviv, como las de cualquier otro país, deberán rendir cuentas y asumir culpas.

Pero, sobre todo, importa acabar con el asedio a Gaza y con el escándalo de una población civil sometida a un castigo colectivo que prohíben claramente las leyes internacionales.
Sancionar a Israel, como propone Menkell, ayudaría a salvar a los israelíes, como el aislamiento internacional de Sudáfrica ayudó en su día a salvar el futuro de los sudafricanos.
Cualquier castigo sería mejor para los israelíes que la cruel ceguera de unas declaraciones del ministro de Defensa, Ehud Barak, recogidas esta semana por el diario Haaretz:
"Estamos en una zona donde no hay piedad para el débil, donde no hay segundas oportunidades para quienes no se defiendan a sí mismos".

Seguramente el ministro pretendía referirse a Israel como víctima.
La realidad es que su pensamiento es perfectamente aplicable a los palestinos, a quienes nadie puede negar su condición de inferioridad frente al poderoso Ejército israelí, y que es exactamente ese consejo (no hay segunda oportunidad para quien no se defienda a sí mismo) el que hace que muchos palestinos crean que su única salida es hacer algún día suficiente daño a Israel como para que acepte que no puede pagar el coste de la ocupación.

Guerras sinérgicas

La guerra suele ser un juego de suma cero. Lo que gana uno lo pierde el otro.
Pero con frecuencia es una sustracción: todos pierden en distinto grado.
La paz suele ser sinérgica, es decir, todos sacan algún provecho.
Lo extraño es encontrarse con una guerra o una acción violenta con efectos sinérgicos:
que todos los bandos se sientan victoriosos y consideren que sus posiciones salen reforzadas.

Esta situación es muy propia de las guerras asimétricas, en las que participan agentes heterogéneos: potencias militares frente a grupos terroristas o guerrilleros, o Estados frente a mafias.
Y también de las regiones más convulsas del planeta donde abundan estos nuevos agentes armados de la nueva globalidad. Este es el caso de Oriente Próximo, donde hemos visto como mínimo dos guerras, la de Líbano en el verano de 2006 y la de Gaza entre diciembre de 2007 y enero de 2008, en las que Israel consideró alcanzados sus objetivos y sus enemigos, Hezbolá y Hamas respectivamente, también se declararon vencedores a pesar de sus horrorosas y desiguales pérdidas en vidas humanas de combatientes y civiles.

Ahora la intifada del mar iniciada por la flotilla de la solidaridad, que quería llevar su ayuda humanitaria a Gaza, ha desembocado de nuevo en una batalla sinérgica, en la que los dos contendientes salen reforzados en sus respectivas posiciones.
El Gobierno de Israel se siente vencedor del envite, exhibiendo su desprecio a la reacción internacional, y tiene buenas razones para ello. Ha conseguido su objetivo, que era mantener su capacidad de disuasión ante el más leve intento de levantar el bloqueo sobre Gaza: aviso para navegantes, y nunca mejor dicho.
También se sienten vencedores los organizadores de la flotilla, pues han conseguido en pocas horas que Egipto levantara el bloqueo de la franja y han situado en el centro del debate internacional e incluso de la negociación de la paz entre israelíes y palestinos la situación inhumana en la que se encuentran su millón y medio de habitantes.

Esas batallas sinérgicas también pueden esparcir efectos benéficos en la zona.
Turquía es la potencia emergente que saca mayor rédito en prestigio, influencia y capacidad de maniobra. Irán sale del rincón en el que le quería meter Estados Unidos.
Pero fuera ya no: Obama sale perdedor de esta batalla ajena.
El proceso de paz está de nuevo en el aire; tiene menos capacidad de presión sobre Irán; su imagen en el mundo árabe y musulmán queda deteriorada por su debilidad ante Netanyahu; y disminuida su influencia en una región donde sus dos aliados estratégicos, Turquía e Israel, se hallan al borde de la ruptura.
A largo plazo, también Israel pagará los platos rotos por este Gobierno que siempre prefiere hacer la guerra en nombre de la seguridad que contenerse para facilitar la paz.

LLUÍS BASSETS 06/06/2010


El novelista y dramaturgo Henning Mankell era uno de los viajeros de la flotilla que intentó romper el bloqueo de Gaza y fue interceptada a tiros en aguas internacionales, el 31 de mayo, por la Marina israelí.
Ha escrito un diario de ese viaje en el que narra cómo una expedición organizada sin voluntad de enfrentamiento derivó en un baño de sangre y en múltiples humillaciones.

» EN EL MAR. 4.30 horas.

Acabo de conciliar el sueño, cuando me despiertan.
Ya en cubierta, compruebo que el gran buque de pasajeros está iluminado por potentes focos.
De repente, se oyen unos disparos.
Y comprendo que Israel se ha decantado por la vía del enfrentamiento brutal.
En aguas internacionales.

Transcurrida una hora exactamente, los botes de goma se acercan veloces llenos de soldados enmascarados que inician el abordaje de inmediato. Nos reunimos en el puente de mando.
Los soldados se muestran impacientes y quieren que bajemos a cubierta. Alguien se demora y lo atacan con una descarga eléctrica en el brazo. El hombre cae al suelo.
Otro hombre que tampoco se movía con celeridad suficiente recibe el impacto de una bala de goma. Y todo esto sucede allí mismo, a mi lado. Es absolutamente real.
Personas totalmente inocentes tratadas como animales y castigadas por su lentitud.

Nos agrupan en cubierta.
Y allí permaneceremos durante once horas, hasta que el barco atraca en Israel.
Los soldados nos filman de vez en cuando, aunque no tienen ningún derecho a ello.
Al verme tomando unas notas, uno de los soldados se me acerca enseguida y me pregunta qué escribo. Es la única ocasión en que pierdo los estribos. Le contesto que no es de su incumbencia.
Sólo le veo los ojos y no sé lo que está pensando, pero al final da media vuelta y se marcha.

Once horas inmovilizados, amontonados en medio de aquel calor, puede ser un método de tortura.
Para ir a orinar, hay que pedir permiso. Galletas, biscotes y manzanas es cuanto nos dan para comer. Tomamos una decisión conjunta: no pedir que nos permitan cocinar. Nos filmarían y lo presentarían como un acto de generosidad por parte de los soldados. Así que nos conformamos con las galletas y los biscotes. Es una humillación sin igual. (Entre tanto, los soldados han sacado los colchones de los camarotes y ahora duermen al fondo de la cubierta de popa).

Durante esas once horas tengo tiempo de concretar lo sucedido.
Nos han atacado mientras nos hallábamos en aguas internacionales, lo que implica que los israelíes han actuado como piratas, no mucho mejor que los que operan en las costas de Somalia.
Por otro lado, en el momento en que obligaron a nuestra nave a poner rumbo a Israel, nos estaban secuestrando. Su intervención es completamente ilegal.

Entre tanto, nosotros intentamos hablar, dilucidar qué sucederá, y nos preguntamos cómo es posible que los israelíes hayan optado por una solución que los aboca a un callejón sin salida.
Los soldados nos observan. Algunos fingen que no saben inglés, pero todos lo hablan y lo entienden. Dos de ellos son muchachas. Parecen preocupadas.
Quizá después, cuando hayan terminado el servicio militar, decidan huir a Goa a destrozarse la vida drogándose. Sucede constantemente.

» 18.00 horas.

Un muelle en algún lugar de Israel. No sé dónde.
Nos obligan a bajar a tierra y a iniciar una suerte de carrera entre dos filas de soldados, mientras que la televisión militar filma todo el suceso. De pronto se me ocurre que eso, precisamente eso, es algo que nunca les perdonaré. En ese instante sólo pienso en bestias y cerdos.

Nos dispersan, no nos permiten que hablemos unos con otros.
De pronto aparece a mi lado un hombre del Ministerio de Asuntos Exteriores de Israel.
Comprendo que ha venido para impedir que me dispensen un trato demasiado brusco.
Después de todo, soy un escritor bastante conocido en Israel. Mis obras están traducidas al hebreo.
El hombre me pregunta si necesito algo. "La libertad, la mía y la de los demás", respondo.
El hombre no me contesta y le pido que se marche, pero él da un paso atrás y se queda allí, cerca de mí.

Como es obvio, no hago ninguna confesión. Me comunican que seré deportado.
El hombre que me lo anuncia me dice enseguida que le gustan mis novelas.
En ese momento pienso en la posibilidad de procurar que ninguno de mis libros vuelva a traducirse al hebreo. Es una idea que no he terminado de madurar.

El ambiente que reina en aquella "sala de recepción de refugiados" es invariablemente caótico y crispado. A cada minuto golpean a uno, amarran a otro, esposan a un tercero.
Me repito que, cuando lo cuente, nadie me creerá, pero hay muchos ojos que lo registran todo.
Y muchos serán los que deban admitir que es verdad cuanto digo. Los testigos oculares somos multitud.

Un único ejemplo debería bastar.
Justo a mi lado, un hombre se niega a dejar sus huellas dactilares. Acepta que lo fotografíen, pero ¿las huellas? No ha cometido ningún delito. Opone resistencia. Y lo golpean hasta que cae al suelo. Luego se lo llevan de allí. Quién sabe adónde.
¿Cómo calificar semejante acción? ¿Repugnante? ¿Inhumana? Elijan libremente.

» 23.00 horas.

Al parlamentario, a la doctora y a mí nos conducen a una prisión provisional.
Allí nos separan. Nos arrojan unos bocadillos resecos como un trapo.
La noche se hace larga. Uso de almohada las zapatillas de deporte.

» Martes 1 de junio. Por la tarde.

Al parlamentario y a mí nos conducen de improviso a un avión de Lufthansa. Van a deportarnos.
Nos negamos a subir sin saber qué será de S. Salimos del calabozo en cuanto nos aseguran que ella también vendrá con nosotros.

Ya a bordo del avión, una de las azafatas me trae un par de calcetines: uno de los soldados que atacaron el barco donde me encontraba me los había robado.

Así muere parte del mito del soldado israelí, valeroso e infalible.
Ahora, además, puede añadirse que son simples ladrones. No fui yo el único al que le robaron el dinero, las tarjetas de crédito, la ropa, el reproductor de música, el ordenador...
Otro tanto les sucedió a muchos de los que iban a bordo del mismo barco que, un día, a hora muy temprana, sufrió el ataque de soldados israelíes enmascarados o, lo que es lo mismo, de unos piratas disfrazados.

Bien entrada la noche, ya estamos de regreso en Suecia. Hablo con los periodistas.
Más tarde me siento un rato en la oscuridad, en el jardín de la casa donde vivo. E. se muestra taciturna.

Al día siguiente, el 2 de junio, oigo el canto del mirlo. Un canto por los que han muerto.

Ahora queda todo lo que debemos hacer para no despistarnos del objetivo: conseguir que se levante el brutal bloqueo de Gaza. Lo conseguiremos.

Detrás de ese objetivo aguardan otros.
La desarticulación de un sistema de apartheid lleva tiempo. Aunque no una eternidad.


Manuel
#607

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