viernes, diciembre 16, 2011

Sin palabras

Español

Productores, jefes de marketing y espíritus creativos desgastan sus neuronas intentando averiguar cómo se puede mantener la clientela de las salas oscuras.
Hacen remakes de películas que convenía dejarlas como estaban, utilizan el 3D hasta en la sopa, rutinariamente, con la avidez de vender entradas más caras a cambio de ofrecer el más difícil todavía, le ofrecen protagonismo exclusivo a los efectos especiales, creen que algo debe cambiar pero no tienen muy claro qué.

Pero, como en los cuentos de hadas, érase una vez en la que un productor llamado Thomas Langmann financió un proyecto con apariencia suicida, una película muda y en blanco y negro.
Ocurrió al final de la primera década del tercer milenio, cuando ninguna televisión exhibía cine en blanco y negro en la certidumbre de que no las vería ni Dios, cuando casi todos los niños ignoraban que habían existido dos maravillosos hacedores de risa e incluso de lágrimas (lo segundo solo en el caso de Chaplin, la poética de Keaton no se permitía el sentimentalismo), cuando los agoreros o el realismo aseguraban que iban a desaparecer cosas, rituales y costumbres que habían donado entretenimiento, alegría, emoción, consuelo y felicidad a la gente de cualquier parte. Se titulaba The artist y la parió Michel Hazanavicius, un soñador dotado de fe inquebrantable en su criatura.
Y cuentan las crónicas que esa película presuntamente descabellada enamoró a un público numeroso, le concedieron oscars y multitud de premios e incluso esos seres tan raros cuyo exótico trabajo consistía en hacer críticas de cine le concedieron su solemne bendición.
Y si todas esas apetecibles y lógicas cosas no hubieran ocurrido con The artist, daría igual.
Nadie podría despojarla de su condición natural de joyita, o de joya a secas.

La historia que narra esta admirable película se ha contado muchas veces (no solo los cinéfilos recuerdan lo que ocurría entre James Mason y Judy Garland en Ha nacido una estrella, también está el recuerdo agradecido del gran público), pero el talento de Hazanavicius logra que suene a algo nuevo, o que no te importe que te la vuelvan a contar.
Sigue las reglas clásicas que marcaron una época en la que el cine no había perdido la inocencia, incluida la milagrosa salvación en el último momento.
Algunos listorros deducirán que se sabían esta película de principio a fin y que dado el infinito valor del tiempo no tiene sentido desperdiciarlo. Allá ellos.

Sin el menor rasgo de impostura, sin juguetear frívolamente con la nostalgia, sin estomagantes moderneces, Hazanavicius construye una tragedia que comenzó con risas.
Habla de un rey del cine mudo, vitalista, generoso, elegante, seductor sin esfuerzo, con la seguridad tranquila del que ha vivido largamente los días de vino y rosas, que no ha previsto el ocaso, lo inadecuado de su personalidad para seguir triunfando cuando el cine empieza a hablar, cuando lo que antes era esplendoroso ahora resulta anacrónico o ridículo.
Este hombre acorralado, que como aquel personaje de Fitzgerald ya puede hablar con la autoridad que le otorga el fracaso, que cree haberlo perdido todo, que intenta mantener la dignidad en medio de alcohol amargo y la ruina, aún dispondrá de la última oportunidad, otorgada por una triunfadora enamorada, por alguien con memoria y corazón que se ha adaptado brillantemente a los códigos del nuevo mundo.


Todo fluye con inteligencia, gracia y sentimiento en The artist.
Incluida una secuencia tremenda e inolvidable en la que el protagonista empieza a ser consciente de los sonidos de la realidad y de cómo afectarán al cine.
Dispone del espléndido actor Jean Dujardin y de la seductora y radiante actriz Bérénice Bejo, acompañados de secundarios magistrales como John Goodman y James Cromwell.

Y todos los espectadores con cerebro y corazón
en un determinado momento nos ponemos a bailar claqué aunque no sepamos.
Y aplaudimos.
Y salimos del cine con una sonrisa duradera y el alma gozosa.

Caros Boyero

Manuel
#879

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