



landfall is becoming more frequent, and the effects more evident.



Manuel
#598
Alcalá de Henares . Alicante . Beijing . Bratislava . Bremen . Budapest . Clermont-Ferrand . Dalian . Durban . Hamburg . Hong-Kong . Khabarovsk . London . Macao . Madrid . Mauritius . Moskwa . Paris . Praha . Qingdao . Reykjavík . Riga . San Francisco . Shanghai . Tallinn . Toulouse . Vladivostok . Wien . Zaragoza ...







Las explicaciones oficiales de Tel Aviv son inquilinas del ridículo: los agredidos son agresores y los agresores, agredidos, los llevados a Israel a la fuerza son inmigrantes ilegales, quienes socorren a palestinos hambreados son cómplices de Hamás primero, terroristas de Hamás después, etcétera.
Es vieja, muy vieja, la técnica del victimario victimizado.
El primer ministro Netanhayu justificó el ataque porque hay que impedir que Hamás reciba armas "por aire, mar y tierra" -obviando el hecho de que las recibe por túneles convenientemente excavados- y afirmó que ninguna protesta lo llevará a levantar el sitio de Gaza.
Es la cuestión de fondo: Tel Aviv no ha renunciado al sueño del Gran Israel y el cerco impuesto a Gaza perjudica, más que a Hamás, a sus habitantes, que ya sufrieron la Operación Plomo Fundido que segó la vida de 1.300 civiles palestinos.
Esto, en buen castellano, se llama limpieza étnica y también su historia es vieja.
El ideólogo del sionismo revisionista, Zeev Jabotinsky, declaró hace 83 años que la única manera de imponer el Estado judío era aplastar a los árabes.
No extraña que Ron Torossian, el organizador de la manifestación Estamos con Israel frente a la misión de Turquía ante la ONU, propinara esta opinión:
"Creo que debemos matar a 100 árabes o a 1.000 árabes por cada judío que ellos matan" (//gravker.com, 1-6-10).
¿Por qué no 100.000, un millón?
¿Acaso Ariel Sharon no fue responsable en 1982, por interpósita milicia, de la matanza de casi 500 civiles palestinos inermes en los campos de refugiados de Sabra y Shatila?
Si esto es ideología, habrá que cambiar la definición de la palabra ideología.
La dirigencia israelí parece guiada por otro concepto central de Jabotinsky: "Sostenemos que el sionismo es moral y justo. Y dado que es moral y justo, hay que hacer justicia aunque José o Simón o Iván o Ajmed no estén de acuerdo", sostuvo en un ensayo que publicó la revista rusa Raavyet en noviembre de 1923.
Carlo Strenger, profesor de la Universidad de Tel Aviv, llamó "mentalidad de búnker" a la imperante en el país: Israel "no escucha la crítica, sea interior o sea exterior. Esa incompetencia es reforzada por la soberbia: Israel está enamorado de la idea de que tiene razón y que todos los demás se equivocan; por lo tanto, es incapaz de admitir que la política que aplica a los palestinos ha sido desastrosa" (www.haaretz.com, 2-6-10). Strenger cita al filósofo francés Bernard-Henri Lévy, un ferviente defensor de Israel, quien tildó de "autismo político" este pensamiento que atribuye a los dirigentes israelíes: "El mundo no nos entiende y nos condena si hacemos y nos condena si no hacemos, así que hacemos lo que queremos". Jabotinsky redivivo.
Estados Unidos siempre ha brindado el espacio internacional necesario para que esa voluntad se cumpla pese a todo.
"La única democracia en la región", según la Casa Blanca, no vacila en espiar al Gobierno estadounidense en ese hacer lo que quiere. La reacción de Obama ante el ataque a la nave turca y el baño de sangre consiguiente, fue débil. No lo condenó siquiera, solo pidió una aclaración de los hechos y aceptó que Tel Aviv rechazara el establecimiento de una comisión investigadora internacional. El mandatario norteamericano se convierte así en cómplice de la no investigación que habrá. Fue el vicepresidente Joe Biden quien brindó una suerte de posición oficial sobre el tema: defendió el bloqueo de Gaza y manifestó que Israel "tenía el derecho a saber" qué carga llevaba el navío. Recuérdese que Netanyahu le dio una bofetada política a Biden cuando este lo visitó en marzo pasado: el vice venía a alentar el proceso de paz palestino-israelí y el primer ministro anunció la construcción de 1.600 edificios nuevos en territorio palestino ocupado. Se ve que Biden es un hombre perdonador.
Es improbable que se produzcan cambios en la estrecha, muy íntima, relación Estados Unidos-Israel.
Cabe reconocer que, a diferencia de Tel Aviv, Washington no tiene problema en abandonar a sus ciudadanos en apuros.
Alrededor de 10 estadounidenses viajaban en el convoy de ayuda humanitaria a Gaza, entre ellos: Joe Meadors, señalero de la fragata USS Liberty cuando la bombardearon aviones y lanchas lanza-torpedos de Israel en 1967; Ann Wright, coronela (R) del Ejército de EE UU; Edward L. Peck, ex subdirector del grupo de tareas antiterrorista del gabinete de Reagan.
Todos terroristas, naturalmente.
Juan Gelman, poeta argentino, es premio Cervantes 2008.
Desde el momento de su fundación, en 1948, Israel gozó de amplias simpatías en todo el planeta.
Pesaba el recuerdo reciente de Auschwitz y el exterminio, y pesaba el genérico remordimiento europeo, pero más importante aún era la situación del nuevo Estado: un pequeño territorio sometido a la agresión de los países árabes vecinos. Se comprendían los actos de terrorismo (el asesinato del enviado de la ONU, la bomba en el hotel King David, etcétera) y se justificaba la expulsión de palestinos porque Israel era percibido como víctima.
Una víctima, además, en sintonía con las ideas predominantes en la posguerra: Israel era un país laborioso, laico, socializante.
La victoria israelí en la guerra de 1948 contra sus vecinos fue percibida como una gesta descomunal.
El fiasco de la invasión de Egipto junto a británicos y franceses en 1956 no empañó apenas su imagen y la épica alcanzó su nivel máximo en la Guerra de los Seis Días de junio de 1967, tras la que Israel conquistó a Jordania Jerusalén Este (incluyendo la Ciudad Vieja) y toda Cisjordania, a Egipto el Sinaí y a Siria el Golán. Los conservadores occidentales contemplaban Israel como una punta de lanza geoestratégica; los progresistas, como un modelo social.
El relato palestino de los acontecimientos, y el árabe en general, no formaban todavía parte del relato que escuchaba el resto del mundo.
Las cosas empezaron a cambiar poco después.
Las revueltas de 1968 y la aparición de la Organización para la Liberación de Palestina como fuerza independiente modificaron algunos puntos de vista externos.
Dentro de Israel, cuyos dirigentes aseguraban que estaban dispuestos a devolver de inmediato los territorios ocupados a cambio de acuerdos de paz, también se registraron cambios profundos.
En Pascua de 1968, un grupo de familias religiosas judías alquiló por unos días un hotel de Hebrón, en el corazón de Cisjordania.
Pasados los días, las familias se atrincheraron en el hotel y se negaron a marcharse: ¿cómo podía negarse el derecho de los judíos a vivir en la ciudad donde Abraham compró su primer pedazo de tierra?
El Gobierno laborista cedió y envió soldados a proteger a aquellos primeros colonos.
Fue el inicio de un proceso de colonización que se hizo imparable.
Para un cierto número de israelíes, incluyendo laicos, la gran victoria de 1967 había sido un milagro, un don de Dios. Costaba rechazar un regalo divino.
Y costaba desprenderse del Israel histórico, prácticamente todo él en Cisjordania (lo que Israel llama Judea y Samaria), que incluía la adorada Jerusalén, evocada durante dos milenios de exilio.
El dilema ante el regalo provocó un terremoto político interno.
El laborismo, que había aceptado (al menos como punto de partida) la partición de Palestina establecida por la ONU y había fundado el país, se derrumbó ante los revisionistas del Likud y las fuerzas ultrarreligiosas, que siempre habían reivindicado el Gran Israel, desde el Jordán hasta el mar.
Israel entró desde entonces en su segundo estado de autohipnosis.
El primero fue el fundacional: el sionismo consistía en crear un país en un territorio supuestamente vacío ("un pueblo sin país para un país sin un pueblo"), obviando la existencia de los árabes palestinos. El segundo se refirió, y se refiere, a Cisjordania.
Ante la enorme cuestión existencial sobre si mantener o renunciar a la tierra del Israel bíblico, ante los tremendos desgarros internos que podía causar el simple hecho de plantear la cuestión (recuérdese el asesinato del primer ministro Rabin, que ofrecía a los palestinos una modesta autonomía dentro de una parte de Cisjordania), la clase política y la mayoría de los ciudadanos prefirieron obviar el asunto.
Israel ha cambiado en las últimas décadas.
La interiorización del Holocausto y su omnipresencia, la sucesión de ataques terroristas, la llegada de más de un millón de judíos de la URSS con agudos instintos ultranacionalistas, el auge de los sentimientos religiosos y la equiparación de la Biblia con un contrato de propiedad territorial, el progresivo aislamiento diplomático, el fracaso en Líbano, el fortalecimiento de una amenaza como la de Irán y sus acólitos Hezbolá y Hamás, han forjado para los israelíes una nueva imagen de sí mismos.
Paradójicamente, se sienten fuertes y se ven débiles.
Los israelíes, ahora, no ven en el espejo nacional una potencia ocupante que bloquea Gaza y raciona los alimentos de sus habitantes, que decide dónde y cuándo puede ir un palestino de Cisjordania dentro de su propia ciudad, que obtiene un notable beneficio económico de la ocupación y mantiene una abrumadora superioridad militar sobre todos sus vecinos.
Se miran al espejo y ven una víctima.
El viceministro de Asuntos Exteriores, Danny Ayalon, pronunció el lunes una frase reveladora, y sin duda sincera, en un mensaje dirigido a los judíos en el extranjero poco después del asalto al navío turco Mavi Mármara:
"Gracias por escuchar, por comprender, por defender y por intentar colocar las cosas en la perspectiva correcta, recordando que nosotros somos aquí las víctimas y que somos nosotros quienes nos vemos obligados a emprender estas acciones para defendernos".
También debía ser sincero el primer ministro, Benjamín Netanyahu, cuando denunció la "hipocresía internacional".
Por supuesto, en Israel hay asociaciones, periodistas y ciudadanos que combaten esta percepción. Pero son minoría.
La mayoría no comprende que el mundo no comprenda: decenas de personas atacaron a los soldados en el Mavi Mármara, Hamás sigue preconizando la resistencia violenta y la destrucción de Israel, desde Gaza se lanzan cohetes, los colonos de Cisjordania son atacados a pedradas, Irán profiere mensajes apocalípticos mientras desarrolla su programa nuclear, crece el terrorismo islamista; ¿cómo no ve el mundo todo eso?
El caso es que eso se ve desde fuera.
Pero también se ve lo otro, la tragedia humanitaria del bloqueo, el drama palestino.
Y el uso que Israel hace de la amenaza terrorista (ya todo acto hostil es terrorismo) para sentirse víctima, y no potencia ocupante.
¿Es el sistema capitalista el que nos condiciona para convertirnos en personas competitivas, ambiciosas y corruptas, o somos nosotros los que hemos creado una economía a nuestra imagen y semejanza? ¿Qué viene antes: el huevo o la gallina?
Nuestra incapacidad de ser felices nos ha vuelto codiciosos, convirtiendo el mundo en un negocio en el que nadie gana y todos salimos perdiendo. Y en paralelo, el sistema monetario sobre el que se asienta nuestra existencia dificulta y obstaculiza la ética y la generosidad que anidan en lo profundo de cada corazón humano.
Pero entonces, ¿qué es la codicia? ¿De dónde nace? ¿Adónde nos conduce?
Etimológicamente procede del latín cupiditas, que significa “deseo, pasión”, y es sinónimo de “ambición” o “afán excesivo”. Así, la codicia es el afán por desear más de lo que se tiene, la ambición por querer más de lo que se ha conseguido. De ahí que no importe lo que hagamos o lo que tengamos; la codicia nunca se detiene. Siempre quiere más. Es insaciable por naturaleza.
Actúa como un veneno que nos corroe el corazón y nos ciega el entendimiento, llevándonos a perder de vista lo que de verdad necesitamos para construir una vida equilibrada, feliz y con sentido.
“La riqueza material es como el agua salada;
cuanto más se bebe, más sed da”
(Arthur Schopenhauer)
Últimamente se ha hablado mucho del multimillonario Bernard Madoff, considerado un brillante gestor de inversiones y filántropo hasta que un día confesó a sus hijos Andrew y Mark que su vida era “una gran mentira”. El imperio económico que había construido a lo largo de las últimas décadas se sustentaba en la codicia, la estafa y la corrupción.
Tras ser arrestado y procesado, Madoff fue condenado el 29 de junio de 2009 a 150 años de cárcel por ser el responsable del mayor fraude financiero de la historia, cifrado en más de 35.000 millones de euros.
¿Qué motiva a un hombre que lo tiene todo a querer más?
¿Por qué tantas personas se vuelven corruptas, mezquinas y perversas al alcanzar el poder?
Para muchos psicólogos, personas como Madoff o Millet representan la punta del iceberg de uno de los dramas contemporáneos más extendidos en la sociedad: “la corrupción del alma”.
Así se denomina la conducta de las personas que se traicionan a sí mismas, a su conciencia moral, pues en última instancia todos los seres humanos sabemos cuándo estamos haciendo lo correcto y cuándo no.
Y es que para cometer actos corruptos, primero tenemos que habernos corrompido por dentro.
Esto implica marginar nuestros valores éticos esenciales –como la integridad, la honestidad, la generosidad y el altruismo en beneficio de nuestro propio interés.
“Nada que esté fuera de ti podrá nunca
proporcionarte lo que estás buscando”
(Byron Katie)
Cuando las personas son víctimas de su codicia entran en una carrera por lograr y acumular poder, prestigio, dinero, fama y otro tipo de riquezas materiales.
Quienes cruzan la línea una vez, tienden a cruzarla constantemente.
Las personas codiciosas se engañan a sí mismas; siempre encuentran excusas para justificar sus decisiones y actos corruptos. El hecho de que los demás lo hagan ya es suficiente para hacerlo.
Sin embargo, la sombra de su conciencia moral les persigue de por vida.
Una vez ascienden por la escalera que creen que les conducirá al éxito y, en consecuencia, a la felicidad, comienzan a ser esclavas del miedo a perderlo todo. De ahí que se vuelvan más inseguras y desconfiadas, invirtiendo tiempo y dinero en protegerse y proteger lo que poseen.
Y no sólo eso. Se sabe de muchos casos en los que las personas codiciosas terminan aislándose de los demás, con lo que su grado de desconexión emocional aumenta y su nivel de egocentrismo se multiplica.
Por eso muchos intentan compensar su malestar con el placer y la satisfacción a corto plazo que proporciona la vida material.
Para conseguirlo necesitan cada vez más dinero, lo que les lleva, en algunos casos, a cometer estafas en sus propias organizaciones, tal y como hicieron Madoff y Millet. Más de seis de cada 10 fraudes empresariales se cometen desde dentro. Muchos se planean en los despachos de la cúpula directiva. Que la corrupción se haga pública, es otra historia.
La codicia es una semilla que crece y se desarrolla en aquellas personas que padecen un profundo vacío existencial, sintiendo que sus vidas carecen de propósito y sentido.
Tenemos de todo, pero ¿nos tenemos a nosotros mismos?
La codicia nace de una carencia interior no saciada y de la falsa creencia de que podremos llenar ese vacío con poder, dinero, reconocimiento y, en definitiva, con un estilo de vida materialista, basado en el consumo y el entretenimiento.
“Lo que nos hace ricos o pobres no es nuestro dinero,
sino nuestra capacidad de disfrutar”
(Víctor Gay Zaragoza)
Un hombre de negocios pasaba sus vacaciones en un pueblo costero.
Una mañana advirtió la presencia de un pescador que regresaba con su destartalada barca.
“¿Ha tenido buena pesca?”, le preguntó.
El pescador, sonriente, le mostró tres piezas: “Sí, ha sido una buena pesca”.
El hombre de negocios miró al reloj: “Todavía es temprano. Supongo que volverá a salir, ¿no?”.
Extrañado, el pescador le preguntó: “¿Para qué?”.
“Pues porque así tendría más pescado”, respondió el hombre de negocios.
“¿Y qué haría con él? ¡No lo necesito! Con estas tres piezas tengo suficiente para alimentar a mi familia”, afirmó el pescador.
“Mejor entonces, porque así usted podría revenderlo”.
“¿Para qué?”, preguntó el pescador, incrédulo.
“Para tener más dinero”.
“¿Para qué?”.
“Para cambiar su vieja barca por una nueva, mucho más grande y bonita”.
“¿Para qué?”.
“Para poder pescar mayor cantidad de peces”.
“¿Para qué?”.
“Así podría contratar a algunos hombres”.
“¿Para qué?”.
“Para que pesquen por usted”.
“¿Para qué?”.
“Para ser rico y poderoso”.
El pescador, sin dejar de sonreír, no acababa de entender la mentalidad de aquel hombre.
Sin embargo, volvió a preguntarle: “¿Para qué querría yo ser rico y poderoso?”.
“Esta es la mejor parte”, asintió el hombre de negocios. “Así podría pasar más tiempo con su familia y descansar cuando quisiera”.
El pescador lo miró con una ancha sonrisa y le dijo:
Reflexión, digo. Si el calumniado y martirizado Gobierno de Israel y sus fans consideran que eso son peligrosas armas de ataque frente a sus tanques, sus helicópteros, sus droner, sus fusiles automáticos y sus artefactos nucleares, sus bombas de racimo y sus bombas quimicas, debe de ser verdad.
¿Cómo pueden equivocarse los portavoces y portacoces del pueblo elegido?
Y si ellos no pueden errar, y si yo, ahora mismo, dispongo en el cajón superior de mi cocina de una selección de mortíferos instrumentos, y otro tanto ocurre en la mayoría de los hogares del mundo…
La conclusión es fácil: ¿qué nos impide agarrar nuestros pertrechos, enfundarnos nuestra cubertería, organizar una superflota y atacar a Israel ?
¡Puede que incluso logremos arrancarles las bombas atómicas!
Todo eso, siguiendo la lógica de ese miserable.
Zoabi es una de los 11 diputados árabes del Parlamento israelí.
Como el 20% de la población de este país, es lo que se conoce como una árabe-israelí, en alusión a los palestinos que se quedaron en lo que hoy es Israel tras la guerra de 1948.
Ella, junto a otros cuatro palestinos-israelíes participó en la expedición de activistas que el pasado lunes trataron de romper el bloqueo de la franja de Gaza. Zoabi quedó en libertad tras ser interrogada por los servicios de espionaje israelíes gracias a su inmunidad parlamentaria.
Los otros cuatro, a diferencia de los cientos de activistas internacionales que han sido puestos en libertad, se encuentran bajo arresto domiciliario y han tenido que pagar una fianza de 150.000 shekels (unos 32.000 euros) para poder salir a la calle. Uno de ellos es Raed Saleh, influyente líder islamista.
Pregunta. ¿Por qué los árabes-israelíes no han sido puestos en libertad como los demás pasajeros de la flotilla?
Respuesta. Israel decidió liberarla los activistas internacionales porque le dio miedo el deterioro de su imagen en el resto del mundo. Temía también el impacto en las relaciones con Turquía. Pero nosotros... ¿A quién le importan los palestinos-israelíes? Para ellos somos traidores, terroristas. Sobre mí pesan ahora siete acusaciones, entre ellas la de portar armas y la de poner en peligro la vida de los soldados.
P. Ha habido manifestaciones en las ciudades árabes de Israel tras el abordaje a la flotilla. ¿Qué consecuencias cree que tendrá la muerte de nueve activistas a mano de los soldados en su comunidad?
R. Las relaciones entre los palestinos y el Estado de Israel nunca han sido normales.
Siempre ha sido una relación tensa, pero ahora es peor que nunca. Hay mucho más racismo.
Ayer [en la knesset] me llamaron terrorista porque no les gustan mis ideas, mi actitud política. Ser propalestino en Israel te convierte en terrorista. Nos consideran enemigos del Estado.
Sólo porque creemos que un Estado judío no puede ser democrático.
Tienen que respetarse los derechos de los que no somos judíos. El 50% de los palestinos-israelíes viven bajo el umbral de pobreza. En empleo, educación... no hay igualdad.
P. En el Parlamento se le echaron encima porque pidió que se publiquen las cintas de vídeo que confiscaron a los activistas. ¿Qué imágenes son esas?
R. Esas cintas mostrarían al mundo que los soldados israelíes tuvieron la opción de salvar la vida de los activistas pero eligieron matarlos. No fue una reacción espontánea. Los soldados no se encontraron con terroristas en el barco.
Ellos fueron con la idea preconcebida de que éramos terroristas y eso les dio licencia para matar.
P. ¿Se resentirá el actual Gobierno israelí?
R. Para los israelíes no se trata de un problema moral.
Lo que critican es la falta de eficiencia del Ejército. Piensan que igual se podría haber hecho de una manera que suscitara menos críticas internacionales.
P. ¿De dónde viene a su juicio la disonancia entre la interpretación que hacen de los hechos los israelíes y el resto del mundo?
R. Los israelíes se encierran en un gueto cognitivo.
¿Cómo es posible que piensen que el resto del mundo se equivoca y que sólo ellos están en posesión de la verdad? Los israelíes se sienten legitimados para hacer lo que otros países no pueden, en nombre de su seguridad.
Quien se atreva a criticarlo, entra en la categoría de amenaza, son terroristas.
Si algo bueno tengo en los malos tiempos es que precisamente por su maldad intento rescatar el lado positivo de lo que ocurre. Es el optimismo de la voluntad, mucho más inteligente -y válido-, me parece, que el antropológico.
Estos días de desolación ante la última tropelía del ardor guerrero israelí nos dejan unas pocas pero luminosas lecciones.
En primer lugar, que en momentos en los que todo alrededor rezuma preocupaciones económicas -la mayoría, desde luego, muy fundadas-, y en que el mundo parece ensimismarse en la contemplación de su bolsillo, casi 700 personas emprendieron una gesta heroica para llamar la atención sobre el horror al que Israel tiene sometida a la franja de Gaza. Esas personas de diferentes países y con diferentes pedigrís, sin duda no siempre de acuerdo en muchas cosas, se unieron por una causa justa y zarparon, como zarpaban los conquistadores, a por la dignidad.
Y aunque han pagado un precio muy alto, con dignidad regresan, y a mí me resulta emocionante que durante un periodo hablemos más de ellos que de los altibajos de la Bolsa.
En segundo lugar, es obvio que estos particulares, estos individuos, esta gente admirable, han conseguido -y creo que en proporciones mucho más gigantescas de lo que pudieron imaginar cuando emprendieron su viaje- desenmascarar el verdadero rostro del Israel actual, por si a alguien le cupieron dudas.
Cielos, si mediáticamente aquí solo les han defendido los medios que, llegado el momento, también defienden a los falangistas.
Como último beneficio, nos veo a nosotros mismos clamando con una claridad como no veíamos desde hacía eras contra ese bloqueo -que los judíos buenos consideran "inútil e inmoral"- y contra esa paranoia chulesca que por desgracia en demasiadas ocasiones ha sido consentida y justificada.
Y viva Turquía, dicho sea de paso.
Sin embargo, los actos de los israelíes no pueden considerarse como un delito de piratería (susceptible de jurisdicción universal) de acuerdo con el Convenio del Derecho del Mar (UNCLOS 101), por la sencilla razón de que la piratería exige ineludiblemente para existir que el acto de fuerza se cometa "por un motivo personal", y aquí estamos ante motivaciones políticas o públicas.
Para salvar este vacío de tipificación se acordó en 1988 (precisamente con motivo del caso de terrorismo cometido contra Leon Klinghoffer, un judío-norteamericano a bordo del Achille Lauro) el Convenio Internacional para la Supresión de Actos ilícitos contra la Seguridad de la Navegación Marítima (SUA) que, este sí, tipifica como delito el apoderarse por la fuerza de un buque o de su control, o el realizar actos de violencia contra las personas embarcadas, por cualquier motivo que se efectúe, sea privado o público, económico o terrorista.
Curioso: el Estado israelí ratificó hace muy poco este Convenio (entró en vigor para él en abril de 2009) casi justo a tiempo para poder violarlo.
El artículo 6.1 del SUA establece la jurisdicción obligatoria para sancionar los actos ilícitos en cuestión del país cuya bandera enarbola el buque en el cual o contra el cual se ha realizado el acto de fuerza.
En este caso, si nos fijamos en el buque en el que se han realizado los actos más flagrantemente ilícitos, que es el buque turco Mavi Mármara, en el que se han causado varios muertos, sería Turquía como Estado de bandera el país legitimado para perseguir a los culpables y solicitar el amparo del Derecho Internacional para su entrega, incluyendo la posibilidad de acudir al Tribunal Internacional de Justicia en caso de que Israel se niegue a entregarlos.
Con carácter adicional, el artículo 6.2 del SUA establece la jurisdicción potestativa de otros Estados implicados, como aquellos de los cuales son nacionales las personas físicas afectadas: lo que confiere jurisdicción a los tribunales españoles, si quieren ejercitarla, puesto que existen ciudadanos patrios detenidos.
José María Ruiz Soroa es abogado.
Amnistía Internacional se dirigió ayer al ministro de Defensa de Israel para pedir una investigación inmediata, independiente y creíble sobre este ataque letal de sus Fuerzas Armadas y sobre las afirmaciones de que fueron agredidas con armas.
Para ello, Israel debe invitar a expertos de la ONU a que participen en dicha investigación.
También ha solicitado a las autoridades israelíes que hagan públicas las reglas de intervención dictadas a las tropas, porque según todos los indicios, respondieron de manera absolutamente desproporcionada al avance de la flotilla hacia las costas de Gaza.
Israel asegura que sus fuerzas han actuado en legítima defensa frente a un ataque de los activistas, pero no resulta creíble que los medios letales que han empleado estuvieran justificados, entre otras cosas porque los activistas ya habían explicado previamente que su objetivo principal era protestar de manera pacífica contra la persistencia del bloqueo Israelí.
Como potencia ocupante, Israel tiene el deber de garantizar el bienestar de la población de Gaza sin discriminación, respetando los derechos humanos de toda la población, como por ejemplo el derecho a la salud, a la educación, al trabajo o a un nivel de vida adecuado, lo cual incluye el derecho a la alimentación y a una vivienda adecuada.
Desde que entró en vigor el bloqueo, los cinco pasos fronterizos bajo control israelí entre Gaza e Israel o Cisjordania han permanecido cerrados. El otro paso fronterizo terrestre, el de Rafah, en la frontera entre Gaza y Egipto, está controlado por las autoridades egipcias y se mantiene cerrado la mayor parte del tiempo.
Israel aplica una política de prohibición absoluta para la circulación de personas y bienes, excepto en el caso de los artículos de primera necesidad que importan los organismos internacionales de ayuda humanitaria.
Las autoridades israelíes afirman que el bloqueo que mantiene sobre Gaza es una respuesta a los ataques con cohetes de efectos indiscriminados que palestinos armados lanzan desde allí contra el sur de Israel.
Pero el bloqueo no afecta específicamente a los grupos armados, sino que castiga a la población de Gaza en su conjunto, al restringir la entrada de alimentos, medicamentos, material educativo y materiales de construcción. Sus efectos se hacen sentir especialmente entre los más vulnerables de los 1,5 millones de habitantes del territorio: los niños y las niñas y las personas ancianas o enfermas. Esta situación ha producido una crisis humanitaria en toda regla, cuyo responsable es el Gobierno de Israel.
La Operación Plomo Fundido, que se prolongó de finales de diciembre de 2008 a mediados de enero de 2009, hizo que esta crisis humanitaria adquiriera proporciones catastróficas.
En la operación murieron 13 israelíes, y decenas más resultaron heridos en ataques con cohetes de efecto discriminado lanzados por grupos armados palestinos. Pero en Gaza, durante los ataques israelíes murieron más de 1.380 palestinos y se destruyeron gran cantidad de edificios e infraestructuras civiles, incluidos hospitales y escuelas y los sistemas de suministro de agua y electricidad. Millares de viviendas palestinas resultaron destruidas o sufrieron graves daños. Se calcula que 280 de las 641 escuelas de Gaza sufrieron daños y 18 fueron destruidas. Al comenzar el curso escolar 2009-2010, muchos alumnos de Gaza tuvieron que estudiar sin libros de texto ni material de escritura, mientras los camiones cargados de material escolar eran retenidos por Israel en el paso fronterizo de Kerem Shalom. Más de la mitad de los habitantes de Gaza son menores de 18 años, y la interrupción de su educación, debido a los daños causados durante la operación y a la persistencia del boicoteo israelí, está teniendo un efecto devastador.
Los hospitales también se han visto muy afectados por la ofensiva militar y el bloqueo.
Las autoridades israelíes han negado reiteradamente la entrada en Gaza a los camiones de ayuda médica de la Organización Mundial de la Salud (OMS) sin ofrecer ninguna explicación.
La OMS ha señalado los riesgos que corren las personas que necesitan con urgencia tratamiento médico debido a las demoras, y ha indicado que en 2009 murieron 28 pacientes mientras esperaban sus permisos, 14 de los cuales esperaban cruzar a Israel por el paso fronterizo de Erez.
El desempleo aumenta vertiginosamente en Gaza, pues los negocios que quedan sobreviven a duras penas con el bloqueo. En diciembre de 2009, la ONU informó de que era superior al 40%.
El bloqueo está sofocando prácticamente todos los aspectos de la vida de los habitantes de Gaza, dejando a su población en un aislamiento y sufrimiento crecientes.
Debido al desempleo masivo, la pobreza extrema, la inseguridad alimentaria y el aumento del precio de los alimentos causado por la escasez, cuatro de cada cinco habitantes de Gaza ya dependen de la ayuda humanitaria.
El Gobierno de Israel sigue agravando con total impunidad el sufrimiento de la población civil de Gaza y violando los compromisos adquiridos con la comunidad internacional en el ámbito de los derechos humanos.
El bloqueo sobre Gaza debe acabar.
Las consecuencias políticas del atropello en alta mar son muy negativas para un país cuya imagen se deteriora a ojos vista; pero ninguna de ellas, aunque no fueran las oficialmente deseadas en cada momento, contradice la política a largo plazo del Estado.
La actuación de un Ejército, cuyo lema es la pureza de las armas, torpedea las conversaciones de proximidad -próximas, pero no cara a cara- entre palestinos e israelíes con intermediación norteamericana.
Podrá decirse que sus probabilidades de éxito se expresaban en partículas de protón, pero las partes participaban en la charada esperando que fuese el otro quien rompiera la baraja.
Y no causaría por ello disgusto a Netanyahu que los palestinos paralizaran los contactos.
Desploma las relaciones de Israel con Turquía, puesto que tres de los seis buques eran turcos y la expedición tenía el beneplácito de facto del Gobierno de Ankara.
Las relaciones entre ambos países ya no serán nunca más lo que fueron porque llueve sobre mojado. El cambio fundamental se produce por la reorientación de la política exterior del antiguo aliado de Israel hacia el mundo árabe, en particular con Siria e Irak, y la mediación para evitar que Irán sufra nuevas sanciones internacionales.
La agresión israelí, en la que murieron varios pasajeros turcos, es por ello combustible para un incendio declarado.
Turquía había cimentado una estrecha alianza con Israel a partir de su mutuo renacimiento en el siglo XX, la primera como república sucesora del Imperio Otomano y la segunda como Estado sionista, en medio de un mar árabe hostil, cuando no enemigo de ambos países.
Pero también en este caso el sentimiento político israelí puede aprobar que Turquía haya pagado por su traición.
La UE, aparte de tajantes condenas verbales, alguna vez podría mostrar prácticamente su disgusto por el ataque a un convoy en el que viajaban parlamentarios y personalidades europeas.
El propósito de la flotilla era sin duda propagandístico y propalestino, pero de una total inocencia humanitaria para provecho de millón y medio de habitantes de la franja.
Si es cierto, como Israel asegura, que gracias al corredor terrestre por el que permite que discurra un hilo de suministros Gaza no pasa sed, ni hambre -solo de justicia- ¿qué inconveniente podría haber para que le echaran una mano desde el exterior?
Naturalmente, esa es una pregunta retórica porque el Estado sionista lo que quiere es castigar a Hamás por lo que dice que le haría a Israel, aunque difícilmente por lo que hace, que es nada.
Pero la salvajada sirve para reiterarle a Europa que su papel es y será insignificante en todo lo que se negocie en Oriente Próximo.
Y también es teóricamente fatal para las relaciones con Estados Unidos porque, además de abortar el viaje que el primer ministro israelí tenía que realizar ayer a la Casa Blanca, marca una nueva demora en los planes para desencadenar la paz que, tenazmente, mantiene el presidente Obama.
Pero la intransigencia marítima de Israel equivalía a decirle a Washington que no le impresionaba la severidad de sus recriminaciones; y que no perdiera el tiempo pidiendo lo que no se le iba a conceder.
El gran periodista israelí Gideon Levy escribió el 18 de marzo en el diario Haaretz lo que podría ser una explicación ad hoc, muy terrenal, que son las que valen, de por qué lo que perjudica a Israel no necesariamente contradice los designios últimos de su Gobierno.
"Israel no busca seriamente la paz porque la vida del ciudadano es lo bastante buena incluso sin ella; y la ocupación no pone en peligro su futuro".
Mientras el coste de mantener la ocupación de los territorios palestinos no sea mayor que el beneficio que, pretendidamente, se derive de retenerlos, no hay ningún motivo para pensar que la paz esté a la vista.
Mary es la propietaria de un bar en Nueva York, que ha comprado con un préstamo bancario.
Como es natural, quiere aumentar las ventas, y decide permitir que sus clientes, la mayoría de los cuales son alcohólicos en paro, beban hoy y paguen otro día. Va anotando en un cuaderno todo lo que consumen cada uno de sus clientes. Esta es una manera como otra cualquiera de concederles préstamos.
Muy pronto, gracias al boca a boca, el bar de Mary se empieza a llenar de más clientes.
Como sus clientes no tienen que pagar al instante, Mary decide aumentar los beneficios subiendo el precio de la cerveza y del vino, que son las bebidas que sus clientes consumen en mayor cantidad.
El margen de beneficios aumenta vertiginosamente.
Un empleado del banco más cercano, muy emprendedor, y que trabaja de director en la sección de servicio al cliente, se da cuenta de que las deudas de los clientes del bar son activos de alto valor, y decide aumentar la cantidad del préstamo a Mary. El empleado del banco no ve ninguna razón para preocuparse, ya que el préstamo bancario tiene como base para su devolución las deudas de los clientes del bar.
En las oficinas del banco los directivos convierten estos activos bancarios en "bebida-bonos", "alco-bonos" y "vomita-bonos" bancarios. Estos bonos pasan a comercializarse y a cambiar de manos en el mercado financiero internacional. Nadie comprende en realidad qué significan los nombres tan raros de esos bonos; tampoco entienden qué garantía tienen estos bonos, ni siquiera si tienen alguna garantía o no.
Pero como los precios siguen subiendo constantemente, el valor de los bonos sube también constantemente.
Sin embargo, aunque los precios siguen subiendo, un día un asesor de riesgos financieros que trabaja en el mismo banco (asesor al que, por cierto, despiden pronto a causa de su pesimismo) decide que ha llegado el momento de demandar a Mary el pago de su préstamo bancario; y Mary, a su vez, exige a sus clientes el pago de las deudas contraídas con el bar.
Pero, claro está, los clientes no pueden pagar las deudas.
Mary no puede devolver sus préstamos bancarios y entra en bancarrota.
Los "bebida-bonos" y los "alco-bonos" sufren una caída de un 95% de su valor.
Los "vomito-bonos" van ligeramente mejor, ya que sólo caen un 80%.
Las compañías que proveen al bar de Mary, que le dieron largos plazos para los pagos y que también adquirieron bonos cuando su precio empezó a subir, se encuentran en una situación inédita. El proveedor de vinos entra en bancarrota, y el proveedor de cerveza tiene que vender el negocio a otra compañía de la competencia.
El gobierno interviene para salvar al banco, tras conversaciones entre el presidente del gobierno y los líderes de los otros partidos políticos.
Para poder financiar el rescate del banco, el gobierno introduce un nuevo impuesto muy elevado que pagarán los abstemios.
Pero al fin prendió otra manera de concebir el propio progreso, según la cual se vería favorecido con el de los vecinos.
Según esa nueva concepción, ninguna ventaja cabría obtener de las dificultades y ruina de los adyacentes.
Entonces quienes encabezaban la clasificación entendieron que la mejora de los que iban aún por detrás redundaba en beneficios también para ellos.
Ese fue, por ejemplo, el cambio de mentalidad francesa que permitió la firma del tratado de adhesión de España y Portugal a la UE. Dejó de prevalecer la imagen de España como competidora indeseada de la agricultura francesa y se impuso la idea de que otros productos franceses iban a encontrar mayores facilidades para ser ofrecidos a 35 millones de consumidores disponibles al otro lado de los Pirineos.
Y lo que se dice de Francia puede decirse de Alemania y de los demás.
Los fondos estructurales y de cohesión, de los que España se beneficiaba, incrementaban la renta per cápita de los españoles y multiplicaban la capacidad de absorción del mercado español.
Que los nuevos europeos fueran más prósperos se convertía en una condición aceleradora de la prosperidad de franceses, alemanes, holandeses o británicos. Así hemos andado casi los 25 años que ahora se cumplen de nuestra incorporación, cuya conmemoración está prevista en Lisboa el próximo 12 de junio, con los tapices de Pastrana -verdaderos reportajes a todo color de las hazañas bélicas de Alfonso V- como telón de fondo en el Museo de Arte Antiga.
Así, España ha multiplicado sus infraestructuras, sus autovías y sus trazados de alta velocidad ferroviaria; ha modernizado sus ciudades; y ha internacionalizado sus empresas, que compiten en la banca, en la prestación de servicios, en la telefonía, en el sector eléctrico y en la construcción, y lo hacen en áreas como América, Europa, África y, enseguida, Asia.
Además, al mismo tiempo, la transición española a la democracia se ganó la admiración de muchos y se convirtió en un modelo que tantos quisieron imitar. Los avances en la economía y en la política se ayudaban mutuamente y el sistema social evolucionaba hacia un reparto más equilibrado, convencidos todos de que la exasperación de las diferencias termina por hacer los países más inseguros y menos habitables, también para los más favorecidos.
Como en todo proceso, incluso en los más virtuosos, hubo abusos solo en parte corregidos.
Tuvimos burbuja inmobiliaria, exceso de construcción de viviendas, comisiones ilegales en urbanismo e irracionalidades autonómicas; surgieron ventajistas insaciables al calor de un crecimiento que a casi todos calentaba.
Y llegó la crisis de las subprime y de otros derivados, procedente de EE UU, las quiebras bancarias, los apoyos de los Estados, el ajuste.
Entonces, con las primeras estrecheces se invirtió la perspectiva.
Prevaleció el ¡sálvese quien pueda! Cada país empezó a considerar que sus posibilidades de salvación se incrementaban con el más egoísta de los comportamientos. Cundió la idea de que la prosperidad de cada uno se aseguraba mejor con el deterioro de los circunvecinos, a quienes se prescribían deberes inasumibles que hacían estallar el conflicto social. Los mismos bancos que los fondos públicos habían salvado de la quiebra se convertían en árbitros inapelables.
Las lecciones que de la crisis se derivaban en términos de regulación, de corrección de excesos, de combate a los paraísos fiscales y de exigencia de responsabilidades a las agencias de calificación dormían en el G-20, en la UE y en cada uno de los países, salvo en EE UU, donde Obama se ha puesto a la tarea con Wall Street.
Así que ahora la tarea de todos los españoles debería ser la de interesar a todos nuestros vecinos y socios en que a España le vaya bien. El Gobierno debe ponerse a cumplir las tareas pendientes, y los demás, cada uno a su puesto, sin dar cuartel a los triunfalistas de la catástrofe. Continuará.
Pero, ay, de cuando en cuando nuestra idiosincrasia ancestral y friki asoma de nuevo la cabeza.
Diría yo más: ¡cada día nos estamos volviendo más diferentes, es decir, más iguales, horror, a nosotros mismos!
Por ejemplo, ese cretino que se ha puesto a hacer el memo en Eurovisión: ¡es typical Spanish!
En 55 años de festival solo ha habido un incidente con un espontáneo estrafalario ¡y tenía que ser en la actuación de España!
Y además con la barretina calada (pobres catalanes), como caricaturizando esa pelea entre nacionalismos que es una de las cosas más absurdas (o sea, más españolas) de nuestra política.
Por no hablar de su individualismo egocéntrico y su falta de respeto a los demás: todos ellos rasgos tan ibéricos.
No es la primera vez que se produce tal desgraciada coincidencia.
Y la repetición de este escenario, precisamente, lleva a una conclusión inevitable: Israel no quiere saber nada de un proceso de paz que le obligaría a hacer concesiones.
Un proceso que llevaría a que el Estado palestino pase por fin de la fase de las palabras a la fase de las realidades. Es, precisamente, lo que quiere evitar Tel Aviv, cuyo objetivo es claro: ganar tiempo, mientras la política de asentamientos en los territorios ocupados hace progresivamente inviable la creación de dicho Estado.
Pero el sangriento asalto israelí contra una flotilla humanitaria podría por lo menos tener una consecuencia positiva si lleva la comunidad internacional, y entre otros la UE, a dejar de cerrar los ojos respecto de lo que pasa en Gaza.
¿Cuánto tiempo más se va a permitir que la población del enclave siga sometida a un bloqueo inhumano por el simple hecho de no haber votado como Occidente quería que votara?
¿Y cuánto tiempo más se va a seguir ignorando a sus autoridades elegidas?
Hamás es una organización terrorista, asegura Israel, imitado por la UE.
Pero la Historia da muchas vueltas: ¿acaso no eran también terroristas los grupos Irgoun y Lehi, dos de cuyos principales jefes llegaron posteriormente a presidir el gobierno israelí?
La agresión israelí, cometida además en aguas internacionales, lleva también a una pregunta más de fondo: ¿hasta dónde la UE puede seguir comulgando con ruedas de molino y fingir que cree en un proceso de paz cuya defunción de hecho ha sido decretada hace tiempo ya por una de las partes?
Un proceso de paz que sólo puede eternizarse mientras Israel deja que se vaya pudriendo la situación, hasta el momento en que la comunidad internacional, harta frente a este conflicto sin fin, pueda cerrar los ojos y aceptar la creación de uno o varios bantustanes en Cisjordania en el mejor de los casos, o la expulsión progresiva de sus habitantes en el peor.
Queda claro, hoy, que sólo las presiones internacionales (las reales, no las retóricas) pueden impedir este escenario.
A pesar de las presiones del lobby proisraelí, Barack Obama parece tomar consciencia de ello.
Es de temer que la UE, por su parte, llegue, una vez más, tarde.
El mérito de Rusia es innegable: desde una economía que es 15 veces menor que la de la UE, un presupuesto de defensa 10 veces menor que el de los 27 y una población tres veces y media inferior, ha podido hablar de tú a tú a la UE y obstaculizar seriamente sus planes, desde Ucrania a Asia Central, pasando por Kosovo, Irán o Georgia.
Un aplauso para su diplomacia, que ha sabido aplicar la vieja regla divide et impera (divide y vencerás) con más éxito que nadie.
Muchos europeos, de forma bienintencionada aunque excesivamente inocente, han confiado en que el mero transcurrir del tiempo iría acercando a Rusia a parámetros occidentales hasta convertirla en una democracia representativa con una economía abierta al exterior y una política exterior alineada con la UE.
Sin embargo, en un interesante ensayo publicado en el libro ¿Qué piensa Rusia? (CIDOB, 2010), Gleb Pavlosky, uno de los arquitectos de conceptos clave para entender la Rusia de hoy como el "consenso de Putin", "democracia soberana" o "verticales del poder", señala que, frente a lo que creen algunos, el objetivo de Rusia no es unirse a Occidente, sino librarse de él. Debido a las traumáticas experiencias de 1917 y de 1991, donde los cambios internos se tradujeron en pérdidas significativas de territorio y continuas humillaciones por parte de otras potencias, la élite gobernante en Rusia maneja hoy un concepto de libertad distinto del que solemos manejar normalmente: libertad de elegir internamente y sin interferencias el régimen político; libertad de actuar internacionalmente sin ser constreñidos por otros (especialmente por el unilateralismo estadounidense); y libertad económica (que no liberalismo) en el sentido de poder lograr una prosperidad lo suficientemente importante como para sostener un Estado fuerte.
Desde estos parámetros, en los que la democracia se ha visto como sinónimo de debilidad y caos, es más fácil entender la actuación rusa en estos últimos años.
Afortunadamente, sin embargo, las cosas han cambiado o, mejor dicho, están cambiando.
Rusia se siente ahora psicológicamente más segura que hace unos años, a lo que ha contribuido notablemente tanto la llegada de Obama a la Casa Blanca como la crisis financiera, que ha puesto en paréntesis la rivalidad geopolítica en la región euroatlántica. Con los planes de desplegar el escudo antimisiles en Polonia cancelados, la expansión de la OTAN a Ucrania y Georgia detenida y la presencia de la flota rusa en Sebastopol prorrogada por Yanukóvich, Rusia puede concentrarse ahora en sus problemas internos, que son muchos, especialmente en lo que se refiere a la modernización económica del país, la gran asignatura pendiente en un país excesivamente dependiente de las exportaciones de recursos naturales y con un sistema legal que todavía es un problema tanto para las empresas como para la sociedad civil.
En esa modernización es donde la UE puede jugar un papel importante, siempre que se cumplan dos condiciones: una, que actúe unida y, dos, que no olvide que el objetivo de Rusia no es integrarse en Europa, sino ser un polo de poder en el mundo multipolar que caracteriza ya el siglo XXI.
Los falsos historiadores distorsionan la verdad.
No se puede meter en el mismo saco lo ocurrido en las mal llamadas dos zonas de la Guerra Civil española.
En una, la republicana, se defendía la legalidad; en la otra, la rebelde, estaban los sublevados que provocaron la guerra.
En la retaguardia republicana, las crueldades tuvieron lugar durante los meses que duró la guerra y, casi exclusivamente, en los primeros.
En el lado rebelde, los asesinatos y consejos de guerra no solo se produjeron durante el conflicto sino que se prolongaron durante 40 años.
Ni cuantitativa ni cualitativamente fueron iguales los crímenes cometidos.
Cuantitativamente, las víctimas republicanas y luego antifranquistas fueron más desde el primer momento y se prolongaron mucho más en el tiempo.
Cualitativamente, los generales traidores, desde que empezaron a preparar la sublevación, optaron por implantar el terror. Cuanto más dura fuera la represión, mejor. Consideraban que solo así podían triunfar contra un Gobierno que contaba con el apoyo de la mayoría del pueblo.
Desde la primera Instrucción reservada de Mola, de febrero de 1936, se exige a los conspiradores esa implantación del terror. También en las directivas para Marruecos, del 24 de junio de 1936, se detalla cómo proceder de manera inmediata a la eliminación de los izquierdistas, la detención de las autoridades civiles republicanas y el cierre de partidos y sindicatos.
Los crímenes rebeldes comenzaron antes del 18 de julio.
Ya el 17 se concentró a cientos de detenidos en el campo de Zalúa, a 27 kilómetros de Melilla, y allí fueron asesinados 189 de ellos, incluidos muchos militares contrarios a la sublevación. La ola de terror se adueñaba de inmediato de cada parcela en la que triunfaban los sublevados.
Obreros, campesinos, alcaldes y concejales, maestros, médicos, etcétera, eran llevados en camiones a los cementerios para su fusilamiento.En pastorales y homilías, los obispos bendecían esa "limpieza" de España.
En la zona en la que mandaba el Gobierno legítimo, este se vio en primer lugar desbordado por la sublevación de buena parte del Ejército. Tuvo que ser el pueblo en armas el que lo defendiera.
Con esas armas, algunos comenzaron la ola sangrienta de la revolución que se enfrentó a la previa ola sangrienta de la contrarrevolución.
Otra diferencia entre los crímenes cometidos en la zona republicana y los que tuvieron lugar en el lado de los sublevados, es que el Gobierno, en cuanto le fue posible, intentó y consiguió impedirlos. Los dirigentes republicanos, piénsese en Zugazagoitia, fueron los primeros en protestar por las barbaridades en su zona.
Nada de eso ocurría en el bando rebelde.
El director general de Prisiones le decía al general Mola: "Hay que echar al carajo toda esa monserga de derechos del hombre, humanitarismo, filantropía y demás tópicos masónicos".
Y con este espíritu, los sublevados prolongaron sus crímenes hasta la muerte del dictador, en 1975.
No es posible, pues, meter en el mismo saco los crímenes de unos y otros.
Es mentira sostener que en ambos bandos se practicó una enfurecida limpieza étnica, como sostenía Joaquín Leguina en su artículo Enterrar a los muertos.
La Transición supuso el paso de la dictadura a la democracia. No fue buena, ni mala.
La quiso el pueblo, su principal protagonista. Los que intervenimos, de ambos lados, hicimos lo que se debía y lo que se podía hacer en las circunstancias nacionales e internacionales del momento.
Una de ellas era la presión y el miedo al Ejército que había ganado la guerra (muchos generales del momento habían estado en la División Azul o participado en consejos de guerra del franquismo). Otras eran la guerra fría, la situación económica española y la imperiosa necesidad de incorporarse a Europa.
La Ley de Amnistía se hizo pensando en los represaliados por el fascismo.
No en los crímenes cometidos por el régimen, que entonces no eran considerados como tales.
Además, los crímenes contra la humanidad y los genocidios ni son amnistiables ni prescriben.
Enjuiciarlos no es delito. Es un deber.
Es falso decir que se pide que solo sean honrados los asesinados por los fascistas.
También es falso afirmar que se pide que sus asesinos sean juzgados.
Solo se quiere enterrar dignamente a las decenas de miles de asesinados que permanecen en las cunetas. No se pretende perpetuar la división entre los españoles. Todo lo contrario.
La dignidad de esos muertos y de sus familias es el único modo de pasar definitivamente la página.
Cuando los falsos historiadores mantienen hoy la versión que sobre la guerra y la dictadura escribieron los vencedores, lo hacen con el beneplácito de los dirigentes del PP, que quieren así justificar el que ese partido se niegue a romper con el franquismo.
Es una exigencia que procede de la extrema derecha que aún forma parte de sus filas.
Por el contrario, las derechas civilizadas europeas sí condenan los fascismos que subyugaron a sus países, no se sienten sus herederos y no admiten como antecedentes a Hitler o Petain.
Es cierto que no todos los votantes del PP se sienten relacionados con el franquismo.
Pero no es verdad que "media España" vote al PP.
Háganse las cuentas: la mayoría de nuestro pueblo vota al PSOE, Izquierda Unida y otras formaciones de ámbito español o autonómico que sí reniegan explícitamente del franquismo.
Teodulfo Lagunero es catedrático de Derecho Mercantil y abogado.
Se trata en efecto del único patrimonio cultural verdaderamente común que hoy puede exhibir el Viejo Continente.
No hay más que darse una vuelta por los foros de Internet para hacerse una idea del enorme know-how acumulado, territorio abonado para el vaticinio con causa como el del gran José Luis Uribarri. Todo esto es muy serio.
Como lo son las apuestas, que echaban humo en la Red estos días: Daniel Diges, de ganar, se hubiera pagado 161 a 1.
En su sondeo, basado en las visitas a páginas relacionadas con el evento, Google daba por ganadora a la alemana Lena, como efectivamente ocurrió. Ya querría la demoscopia política alcanzar el grado de fiabilidad de la eurovisiva. Esto es muy serio, repito.
Internet ha dado nueva vida a Eurovisión y de paso se ha cargado de un plumazo las predicciones de la teoría de la comunicación que daban por apuntillado al festival, como unas décadas antes, con no mejor clarividencia, habían dado por finiquitada a la radio por efecto del auge de la televisión.
Una gala creada en 1956 y transmitida en directo a muchos países, en lo que entonces constituía un alarde tecnológico, no parecía tener muchos puntos de supervivencia en una sociedad global en la que cualquier evento, incluso doméstico, puede difundirse en línea al mundo.
Pues ha resultado ser al revés: la accesibilidad telemática no ha hecho más que engordar a la bestia.
Notas de urgencia a la edición de ayer.
El freakismo de convocatorias anteriores está en retirada.
Entre los artistas, abundaron los caballeros con traje oscuro y camisa blanca y las damas de tiros largos más o menos sobrios. Lena iba de corto y negro: existencialista. Igual marca tendencia.
En lo musical, ganan terreno las baladas lentas a lo Elton John frente a los ritmos más discotequeros. Lo étnico parece en franca retirada: apenas alguna perdida flauta celta y algún violín tzigane, sin duda tratando de emular el éxito de Alexander Rybak el año pasado.
Es la única Europa que funciona.
Una Europa en la que Grecia lanza sin complejos al resto una OPA (así se titulaba su canción: Opa), Francia canta "allez, olla, olé" y España se hace pequeñita ante el bochorno del salto de Jimmy Jump tocado con barretina.
Una Europa decididamente real en la que al final, como en el fútbol, gana Alemania.