
Manuel
#833
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Qui n’a pas l’impression que les Espagnols s’expriment à 200 à l’heure?
En tous cas, beaucoup plus vite que les Britanniques?
La vitesse d'élocution de certaines langues semble, en effet, bien plus rapide que d’autres selon un article du Times.
Pourtant, lorsqu’on traduit un film de l’anglais vers l’espagnol, les tirades des acteurs ne sont pas raccourcies de moitié. C’est qu’il doit exister un égalisateur derrière les 6.800 langues existantes, qui permettrait que les informations soient transmises au même rythme, même si la vitesse d’élocution varie d’une langue à l’autre.
C’est sur ce phénomène que se sont penchés des chercheurs de l’Université de Lyon, qui expliquent:
«Nos oreilles ne nous trompent pas: les Espagnols parlent effectivement à toute vitesse et les Anglais traînent, mais ils vous raconteront la même histoire pour un même temps donné.»
Pour arriver à ce résultat, les chercheurs ont enregistré une quantité de lectures faites par 59 personnes parlant sept langues maternelles différentes (anglais, français, allemand, italien, japonais, mandarin et espagnol). Ils ont comptabilisé pour chaque langue la quantité moyenne de syllabes par seconde, et la quantité d’informations moyenne contenue dans chaque syllabe.
Grâce à ces informations, les scientifiques ont établi que chaque langue transmet la même quantité d’informations pour un même temps de parole imparti. Plus les syllabes d’une langue contiennent de l’information, moins il y a de syllabes par seconde, et donc plus cette langue semble parlée lentement.
Ainsi l’anglais, avec une densité d’informations contenues par syllabe de 0,91 (le vietnamien –considéré par les linguistes comme extrêmement dense– est l’étalon de mesure: ils lui ont attribué la valeur 1), est parlé avec une moyenne de 6,1 syllabes par secondes.
Lentement donc comparé à l'espagnol qui détient une densité d'information par syllabe de 0,63 et une vitesse de 7,82 syllabes par seconde.
Mais avec de l'azote liquide, moins froid (vers - 200 °C) et plus facile à manipuler, des matériaux peuvent aussi devenir supraconducteurs. C'est le cas de celui utilisé par les israéliens.
La pastille lévite car elle crée un champ magnétique qui s'oppose à celui de l'aimant situé au-dessous. La hauteur dépend de l'équilibre entre son poids et les forces magnétiques.
Ce champ magnétique spontané a pour origine le déplacement des électrons du matériau qui se mettent à tourner en rond, formant des boucles de courant. Or un courant qui circule de la sorte crée un champ magnétique perpendiculaire au plan de la boucle. Et pour remonter encore plus loin dans les causes, il faut invoquer un effet purement quantique : dans le matériau, les électrons ne se comportent pas comme des individus mais comme une onde qui pour se "défendre" du champ magnétique de l'aimant se déforme en créant des boucles de courant, donc un champ magnétique. Qui plus est, comme il n'y a pas de résistance électrique, ces courants circulent indéfiniment (tant que la température reste basse...).
Cette capacité à expulser le champ magnétique est appelé effet Meissner.
Mais pourquoi la pastille peut être bloquée dans différentes configurations ?
L'effet précédent n'est en fait pas si parfait. Le champ magnétique de l'aimant n'est pas totalement expulsé du matériau supraconducteur. Il peut y pénétrer, transformant la pastille en gruyère avec des trous de quelques nanomètres de diamètre. Il ne faut pas voir ces trous comme de vrais "trous" dans la structure mais comme des défauts dans la mer d'électrons.
Le matériau est donc traversé de colonnes magnétiques qui laissent comme un empreinte indélébile dans le supraconducteur et "accrochent" à distance la pièce à l'aimant. L'astuce des israéliens a été de recouvrir leur pastille d'une mince couche supraconductrice pour laquelle ces colonnes magnétiques s'accrochent et se décrochent facilement.
D'où le changement de position qui peut être observé en lévitation.
Plus d‘explications (des vidéos et des "jeux") se trouvent sur le site supraconductivite.fr mis en place par le CNRS, la Société française de physique et le réseau thématique de recherche avancée "Triangle de la physique, pour fêter le centenaire de la supraconductivité".
ETA persiste con sus arsenales, su propaganda, su objetivo férreo y sus pasamontañas.
Dicha realidad no cambia un ápice por el simple hecho de que, con grotesca escenografía y verba falaz, tres tipos sin cara hayan anunciado el cese de la única actividad que continuará dando su razón de ser a la banda terrorista mientras esta no se disuelva o sea disuelta: matar y hacer sufrir a la gente para consumar unos fines más o menos políticos.
Al verlos pensé de inmediato en el lobo de Caperucita. ¡Qué boina más grande tienes!
ETA no tiene ningún sentido fuera del crimen. No lo ha tenido nunca.
ETA no es una asociación deportiva ni una cofradía para el fomento de las bellas artes.
Fue fundada para lo que ha hecho.
Su mera existencia, aunque sea en grado de congelación (a saber hasta cuándo), implica una potencialidad criminal continua, punteada en el pasado de un sinnúmero de atentados cuyas sangrientas consecuencias todos conocemos y algunos, las víctimas, siguen padeciendo.
Tuvo fuerza hasta que a un juez se le ocurrió un día mirar con lupa el funcionamiento del cotarro.
ETA no era, no es, como pensaron muchos, un grupo, mucho menos un grupo cerrado.
Era, es, la parte ejecutante de un procedimiento colectivo de actuación encaminado a obtener la conversión en Estado de un territorio.
Todo lo que no sea la consumación de dicho objetivo no es democracia.
Por eso, dicen (ellos o los que profesan sus mismos ideales), la democracia española, a pesar de sus comicios, sus partidos, sus tribunales de justicia y su prensa libre, no es democracia.
En estos niveles de debate nos movemos los vascos desde hace más de 40 años.
El referido procedimiento de actuación no depende directamente de los individuos implicados.
Cualquiera podía, puede, incorporarse a él, incluso sin necesidad de entrar en estructura organizativa alguna.
Quemar autobuses por cuenta propia, pegar carteles, golpear a un periodista, amedrentar de cualquier manera a la ciudadanía, todo era, es, válido siempre que empujase la causa en la dirección adecuada. Solo la procura de fondos ha mantenido ocupada a mucha gente que, como no empuñaba armas (obtenidas, eso sí, con su recaudación), se considera limpia de delito.
Con una punzada de vergüenza he comprobado en ocasiones que a numerosos ciudadanos españoles ETA les parecía unacosa lejana, de vascos de por allá arriba, sin percatarse de que esta gente brutal ha estado atacando sin descanso el sistema democrático que, con todos los defectos y excesos que se le quieran imputar, disfrutan los españoles desde hace unas cuantas décadas.
Hay que estar muy poco versado en historia de España para ignorar la suerte que hemos tenido los contemporáneos de la época actual.
Quien albergue dudas al respecto que eche un vistazo atrás.
ETA ha matado en todas partes.
En Palma de Mallorca a los últimos.
Ha matado a no pocos niños.
También a peatones que mejor se hubieran quedado aquel día en casa.
Usted mismo, que lee estas líneas, podría estar ahora criando malvas.
Quien dice usted, dice un familiar suyo, o un amigo, o un compañero de trabajo.
¿Qué noble causa es aquella cuyo cumplimiento pasa por colocar una bomba en el garaje de un supermercado, matar a cinco niñas en un cuartel o a dos ecuatorianos en el aparcamiento de un aeropuerto, y así hasta 858 personas?
Ahora se hacen los buenos, los políticos, hablan de un nuevo panorama (como si en democracia los panoramas no los decidieran las urnas) y reclaman diálogo para resolver el conflicto.
Parecen no haber reparado en que, no bien ha dejado ETA de matar, hay paz.
¿Qué extraño conflicto armado era este en el que solo disparaba una de las partes?
¿O es conflicto armado el que las fuerzas de orden público detengan y lleven ante un juez a quienes vienen de cometer unos cuantos asesinatos?
El conflicto persiste, dicen. ¿Qué mayor prueba de que han sido derrotados?
Tantos muertos, ¿para esto? ¿Para estar igual que al principio?
Aún peor, ¿para haber hecho del pueblo vasco un pueblo dividido, un pueblo de agresores y víctimas, para trasladar aquel infortunio de las dos Españas a las dos Euskadis?
Llevan tantos años creyéndose sus eslóganes y sus dobleces que aún piensan que van a conseguir, sentándose a una mesa con el ministro del Interior de turno, lo que no les procuraron las bombas ni las pistolas.
Amigos, los conflictos, las diferencias, en los sistemas democráticos, se dirimen en los Parlamentos, que para eso están, para discutir y tomar decisiones, y no asesinando congéneres por la simple circunstancia de que vistan de uniforme, militen en la oposición o ejerzan la crítica en los medios de comunicación.
Así y todo, la derrota decisiva les va a venir a los terroristas a partir de ahora, a medida que vayan saliendo a la superficie las mil y una historias de terror y de podredumbre moral a ellos debidas, y a medida que numerosas manos asienten por escrito todo lo que hicieron. El relato histórico y literario de lo sucedido es hoy por hoy una tarea nacional, un gesto ético de primer orden para con las víctimas y una obligación pedagógica encaminada a dar respuestas positivas a las preguntas que plantearán, quieras que no, las futuras generaciones cuando vuelvan la mirada hacia nuestra época y deseen entenderla.
Dicha tarea es, además, necesaria para no ponérselo fácil a quienes en adelante, comprensivos con el terror, se afanarán por minimizarlo, borrar las huellas, expandir el humo denso del olvido y tejer los hilos perversos del revisionismo histórico.
No estamos por fortuna en la Edad Media.
Abundan el material gráfico y los relatos testimoniales de todo tipo.
Urge, no obstante, impedir que sea levantada una historia heroica y bucólica de ETA que convierta los lobos en ovejas.
Tiempo de sobra han tenido para saber a qué abismos públicos y privados conduce la maldad.
Fernando Aramburu es escritor.
Cette maladie étrange se manifeste par des symptômes physiques et psychologiques –hallucinations, chaleur intense, accès de folie et sentiment de persécution– pouvant affecter lourdement les gens qui se rendent dans la capitale française pour la première fois de leur vie.
Ils sont dus au trop grand décalage entre l’expérience réelle que les visiteurs vivent à Paris et l'image souvent trop idéalisée qu’ils ont de la Ville Lumière, qu'ils considèrent comme la plus belle ville du monde.
La vision donnée de Paris est effectivement complètement idéalisée dans les publicités ou les films.
Pour les étrangers, Paris ressemble un peu à la publicité pour Chanel Numéro 5, ou à la ville des amoureux d’Amélie Poulain, ou encore au pittoresque Paris photographié en noir et blanc par Doisneau –avec des femmes qui tiennent un éventail et des hommes moustachus qui portent le monocle.
Et les Japonais sont les premières victimes de cette image décalée, car ce sont eux qui ont la vision la plus étroite et sublimée de Paris, celle que leur renvoient leurs médias.
Elle se limite aux cafés parisiens, à la Tour Eiffel et à l’enseigne Louis Vuitton.
Une image qui occulte complètement les problèmes sociaux, la saleté, les nombreux pickpockets, les inégalités, les agressions, l’indifférence des Parisiens à l’égard des touristes.
Ils oublient que, comme dans n’importe quelle ville, à Paris aussi, McDonald’s, KFC et Subway poussent comme des champignons.
Si toutes les villes ont leurs avantages et leurs inconvénients, Paris est particulièrement idéalisée par les médias, contrairement à New York par exemple qui intègre avec réalisme dans son image des connotations négatives.
Selon un article de BBC News de 2006, qui recensait chez les Japonais 12 cas du syndrome de Paris par an, une de ses principales causes est l’impolitesse et la grossièreté des Français, à laquelle les Japonais –réputés pour leur raffinement– ne sont pas habitués.
En cualquier caso, hoy todos feriamos y festejamos sin saber del todo qué: la llegada, parece, de aquellos –casi– hispanos que durante siglos fueron presentados como una bendición hasta que las nuevas historias oficiales los convirtieron en el principio de un desastre.
El cambio de discurso fue gradual, pero terminó de consagrarse hace veinte años, cuando un dizque rey de España –que ya era este señor– fue a Oaxaca a saludar indígenas.
Alguna vez vamos a hablar del rey de España, esa expresión extrema de la incapacidad para abstraer que ciertas culturas enarbolan. Por ahora hablamos de otros arcaísmos.
Como, por ejemplo, la relación de los biempensantes latinoamericanos con sus indios.
Los llaman, en esta etapa de la culpa, pueblos originarios, que es lo mismo que decir aborígenes pero con un curso menos de latín. Los llaman pueblos originarios, como si hubieran crecido en las ramas de un ombú –o como si la historia no existiera.
Todos llegamos, alguna vez, a América.
Los que ahora son originarios llegaron hace quién sabe quince, diez mil años.
Y desde entonces fueron cambiando de lugares y poderes: un pueblo ocupaba un espacio, después otro lo sacaba de allí o lo sometía y después otro –como sucede en todas partes, penosamente, siempre. Pero la historia oficial biempensante arma una especie de cuadro ahistórico, idílico, estático en que, alrededor del año 1500, había pueblos originarios casi felices y muy legítimos y consustanciados con sus territorios, y llegaron unos señores malos y pálidos que los corrieron a gorrazos.
Los corrieron, en efecto, y eran malos, pero no más que los que los corrían cada tanto.
Cortés y Pizarro pudieron invadir porque se aliaron a las víctimas de los aztecas y los incas, que preferían cualquier cosa antes que ser comidos –por los unos– o esclavizados –por los otros.
Eran, sí, de color más clarito y venían de más lejos; seguramente algún esclarecido podrá explicar cuántos grados de diferencia de tono epidérmico, cuántos kilómetros de distancia separan a un invasor legitimado de uno ilegítimo. Con lo cual no pretendo justificar la invasión española, avalancha de dioses y saqueos; sólo decir que sus víctimas habían hecho lo mismo con otras víctimas unas décadas, un par de siglos antes.
En Argentina, donde todo es más reciente, está muy claro: los mapuches que ahora penan en el sur andino entraron desde Chile a fines del siglo XVIII, y echaron a sus ocupantes anteriores, los tehuelches; entre 1830 y 1875, el coronel neokirchnerista Juan Manuel de Rosas y el general viejoliberal Julio Argentino Roca se lo hicieron a ellos. Pero nada de eso importa mucho en la imagen congelada. La causa de los pueblos originarios se ha convertido en uno de esos lugares comunes que, de tan comunes, eluden cualquier tipo de debate.
El indigenismo, decía uno, es una enfermedad infantil del nacionalismo –y el otro le contestaba que el indigenismo es la versión social del pensamiento ecololó. En una sociedad que está hecha de mezclas, que debe seguir mezclándose para reinventarse, progres claman por la tradición, la pureza, la "autenticidad" de los originarios. Es esa idea conservadora de detener la evolución en un punto pasado: esa idea que cierta izquierda comparte tan bien con la derecha, aunque la apliquen a objetos diferentes.
Los progres defienden encarnizados los derechos de los aborígenes a seguir viviendo igual que sus tatarabuelos.
¿Por qué se empeñan en suponer que hay sociedades “tradicionales” que deberían conservar para siempre su forma de vida, y que lo “progresista” consiste en ayudarlos a que sigan viviendo como sus ancestros?
¿Porque ellos mismos siguen usando miriñaques y polainas, casándose con vírgenes o vírgenes, viajando a caballo con su sable en la mano, escribiendo palabras como éstas con la pluma de un ganso, reverenciando al rey, iluminándose con el quinqué que porta, temeroso, aquel negrito esclavo?
Y, sobre todo, les da mucha culpa lo que hicieron sus ancestros.
Aborígenes suelen ser explotados; tanto como muchos descendientes de gallegos, rusos, sicilianos. Pero, culpa mediante, los biempensantes suponen a los originarios más derechos que a cualquier otro desposeído. Si yo fuera pobre y argentino intentaría ser originario. Los pueblos originarios son una especie protegida: tienen apoyos internacionales, oenegés, programas especiales, buena prensa automática, mientras millones de pobres no tienen casi nada.
No digo que los “originarios” no tengan tanto derecho como cualquiera a una vida digna; sí digo que tienen tanto derecho como cualquiera a una vida digna y que, en el triste sistema clientelar en el que viven millones de argentinos, ser aborigen ofrece privilegios particulares producidos por esa mezcla de culpa y corrección política que se conmueve fácil con las historias atroces de la Conquista mientras olvida la marginación cotidiana, constante, de esos muchos millones de cualquieras sin pureza de sangre, misturados, tan poco originales.

