Estación balnearia elegante en las afueras de Riga
Manuel
#429
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Xinjiang ha sido en los últimos años una olla a presión de tensiones étnicas.
Han sido alimentadas por el abismo económico y social que separa a uigures -oriundos de la región, vinculados lingüística y culturalmente con Asia Central- y los ahora mayoritarios han, principal etnia china, privilegiada por Pekín, que fomenta su emigración a zonas conflictivas para alterar en su favor el equilibrio demográfico. El control del Gobierno sobre los uigures, casi la mitad de los 20 millones de habitantes de Xinjiang, da como resultado que se sientan marginados. Como en Tíbet, su resentimiento ha estallado regularmente en violencia; incluyendo antes y durante los Juegos Olímpicos, pero nunca como en esta semana.
En uso de una letanía especialmente querida al Partido Comunista, y típica de los regímenes dictatoriales, Pekín acusa a agentes extranjeros de fomentar los disturbios con fines separatistas, más específicamente a una líder activista exiliada en Washington.
Pero la realidad tiene que ver sobre todo con la incapacidad del PCCh para lidiar de forma civilizada con cualquier tipo de discrepancia, incluida la más íntima de las creencias religiosas. La brutalidad gubernamental tiene en el caso de Xinjiang un crítico componente económico, puesto que el vasto territorio -fronterizo entre otros con Rusia, Pakistán, Afganistán e India- alberga grandes reservas petrolíferas y es el mayor productor de gas chino.
Pekín fomenta la dominación han en todo el país a la vez que restringe las oportunidades para las minorías que no comulgan con los principios básicos del régimen.
Su aparato propagandístico inciensa sin cesar los logros del sistema y fomenta un nacionalismo obcecado y violento que el Gobierno utiliza regularmente para plantar cara a cualquier crítica exterior. Los acontecimientos sangrientos de Xinjiang seguirán repitiéndose en China mientras los dirigentes del gigante asiático exijan ciudadanos mudos y permanezcan ajenos al más elemental control democrático de sus actos.
PARIS (Reuters Life!)
French tourists are the worst in the world, coming across as bad at foreign languages, tight-fisted and arrogant, according to a survey of 4,500 hotel owners across the world.
They finish in last place in the survey carried out by polling company TNS Infratest, which said French holidaymakers don't speak local languages and are seen as impolite.
"It's mainly the fact that they speak little or no English when they're abroad, and they don't speak much of the local language," Expedia Marketing Director Timothee de Roux told radio station France Info.
"The French don't go abroad very much. We're lucky enough to have a country which is magnificent in terms of its landscape and culture," he said, adding that 90 per cent of french people did their traveling at home.
"So when they're on holiday they can be a bit stressed, they're not used to things, and this can lead them to be demanding in a way which could be seen as a certain arrogance."
French tourists are also accused of generally spending less than other nationalities when abroad.
De Roux said the French, not accustomed to leaving large tips at home where a service charge is automatically levied on restaurant bills, can seem "tight-fisted" compared with other nationalities.
The Japanese ranked top of the Best Tourist survey, with the British and the Germans judged the best of the Europeans.
But French tourists received some consolation for their poor performance, finishing third after the Italians and British for dress sense while on holiday.