Día 4 - Martes 19 de Julio
Manuel
#768
Alcalá de Henares . Alicante . Beijing . Bratislava . Bremen . Budapest . Clermont-Ferrand . Dalian . Durban . Hamburg . Hong-Kong . Khabarovsk . London . Macao . Madrid . Mauritius . Moskwa . Paris . Praha . Qingdao . Reykjavík . Riga . San Francisco . Shanghai . Tallinn . Toulouse . Vladivostok . Wien . Zaragoza ...
Esta es la España que, si Dios quiere y no pasa nada, y con la inestimable ayuda del Partido Popular, con el señor Rajoy a la cabeza, surgirá de nuevo para deleite de todos los españoles de bien.
El señor Camps, ha sufrido durante los últimos años un verdadero calvario acusado de recibir prebendas (como se ha hecho toda la vida) en forma de trajes, a cambio de "favores" recibidos por parte del Gobierno de la Comunidad Valenciana, a verdaderos empresarios emprendedores de este país.
También estos empresarios han tenido que sufrir (algunos con cárcel) el acoso del Poder Judicial y de los medios no afines al Partido Popular.
Camps se va como un verdadero mártir.
"Ofrezco este sacrificio personal y político por Rajoy y por España" dijo.
De su gran amigo El Bigotes (que también está pasando lo suyo) no se ha acordado, aunque esto es comprensible por el estado de nervios en que uno debe encontrarse en casos tan emotivos como este.
También fue muy emocionante el momento de los abrazos de Trillo (el de Perejil) y Rita Barberá.
A mí, se me saltaban las lágrimas viendo estas imágenes llenas de auténtico patriotismo y presagiando el nuevo amanecer que se nos viene encima.
Con la ayuda de Dios, claro.
Manuel
#765
En realidad, la famosa burbuja no fue solo inmobiliaria y financiera, fue también demográfica. Entre 1998 y 2007 se produjo el mayor crecimiento poblacional de la historia, atribuible prácticamente en su totalidad a la masiva llegada de inmigrantes.
La inmigración provocó también un notable incremento de los nacimientos, pero la capacidad reproductiva de la población siguió siendo insuficiente para asegurar la sostenibilidad demográfica en ausencia de una aportación constante e importante de nuevos inmigrantes.
A cubierto de un excepcional y entonces celebrado dinamismo demográfico, el rey seguía desnudo.
Hasta final de 2010, la población extranjera siguió creciendo, aunque muy moderadamente.
A pesar de la situación del mercado de trabajo, todavía siguen llegando inmigrantes (por reagrupación familiar, por ejemplo) y las entradas en el primer semestre de 2011 han sido apenas inferiores a las del semestre correspondiente de los dos años anteriores, estando hombres y mujeres muy igualados.
En las salidas de extranjeros, la situación es muy distinta:
desde 2009 se marchan más hombres que mujeres y entre los hombres en edad de trabajar (25-64 años) las salidas superan a las entradas.
Con los inmigrantes ha ocurrido lo mismo que en el conjunto de la población: la crisis ha tardado más en afectar al empleo femenino, pero ha acabado por llegar.
En el primer semestre de 2011 disminuye la población extranjera porque aumentan las salidas de mujeres, hasta casi igualar a las de hombres, y para los dos sexos las salidas superan con creces a las entradas.
El mercado de trabajo que atrajo inmigrantes, ahora los expulsa.
La persistencia de un bajo nivel de fecundidad desde hace más de treinta años exige, para el simple mantenimiento de la población, la existencia constante de una inmigración neta suficiente.
Los últimos datos muestran la debilidad de este modelo y confirman que la inmigración no puede sustituir a la fecundidad como base de la sostenibilidad demográfica porque no solo su llegada, sino también su permanencia, dependen esencialmente del mercado de trabajo. Los efectos, antes positivos, se tornan muy negativos.
La salida de los que pueden trabajar (probablemente los más capacitados) acentúa ahora y en el futuro la dependencia, el envejecimiento y la disminución de la población en edad de trabajar.
En los datos no hay nada que no hubiera podido ser previsto.
Una sociedad basada en la inmediatez y en el enriquecimiento de unos pocos a costa de la mayoría no puede afrontar los malos tiempos con la solidaridad y la visión que permiten preservar el medio y largo plazo.
El abandono progresivo de los parados a su suerte, la exclusión de un alto porcentaje de jóvenes del mercado de trabajo, de la vivienda y de la vida familiar, así como la ausencia de políticas eficaces que permitan a las familias trabajar y cuidar a los hijos, están simplemente destruyendo nuestro futuro.
Juan Antonio Fernández Cordón es demógrafo y economista
Nuestros políticos gozan de muy mala fama desde hace mucho.
Tan mala que lo que cabe preguntarse es por qué quieren serlo.
No tienen las simpatías ni la admiración de nadie -quitando a los militantes ciegos de cada partido-; se los culpa de todos los males; reciben insultos constantes de sus rivales y últimamente también de la ciudadanía; se los acusa de ladrones y corruptos con excesiva frecuencia; se los percibe como a individuos vagos o incompetentes o malvados, cuando no como a puros idiotas; se les reprocha procurar su propio beneficio o el de sus partidos y casi nunca el de sus gobernados; cada vez más se los considera títeres del poder económico.
Trae tan poca cuenta y tantos sinsabores ser hoy político que uno no entiende cómo es que hay tantos aspirantes a hacer de muñeco de las bofetadas.
A mi modo de ver hay cinco grupos:
a) sujetos mediocres que nunca podrían hacer carrera -ni tener un sueldo- si no fuera en un medio tan poco exigente como la política (sé de algún alcalde de ciudad conocido en ella, sobre todo, por ser un completo iletrado y darle a la frasca);
b) sujetos que ven un modo de enriquecerse (así lo explicó sin tapujos uno que no quedó lejos de llegar a ministro);
c) sujetos que sólo ansían tener poder, es decir, mandar y que la gente les pida favores; tener potestad para denegar o dar y salir en televisión; en suma, ser "alguien" (recuerdo haberle oído contar a mi padre que, apenas quince días antes de la derrota -ya segura- de la República en la Guerra Civil, había tortas para ser nombrado ministro de lo que fuese en la última remodelación gubernamental, cuando ocupar un cargo así sólo iba a traer muy graves problemas a quienes los ocupasen, al cabo de dos semanas: la vanidad no sabe de cálculos);
d) fanáticos de sus ideas o metas que sólo aspiran a imponerlas;
e) individuos con verdadera vocación política, con espíritu de servicio, buena fe y ganas de ser útiles al conjunto de la población y de mejorarle las condiciones de vida, de libertad y de justicia.
No hace falta decir que, de estos cinco grupos (expuestos -me disculpo- con la grosería inherente a toda simplificación), el único que merece respeto, vale la pena y resulta beneficioso y necesario es el último, que quizá por eso sea el menos nutrido. Lo llamativo es que los votantes no parezcan saber distinguir a los pertenecientes a cada grupo. Acaso no sea fácil, dado que los de los cuatro primeros fingen y engañan, copian y adoptan las maneras y los discursos de los del quinto, se presentan invariablemente como personas desinteresadas y abnegadas. Si en cada legislatura cambiaran las caras, podría entenderse que les diéramos siempre un voto de confianza y nos colaran gato por liebre. Pero esta ingenuidad no es admisible con los políticos veteranos, porque nadie es capaz de fingir bien mucho tiempo. Fingir es difícil y cansa, y el zafio, el oportunista, el tonto, el bruto, el aprovechado, el ladino, el ladrón, el engreído, el fanático, el déspota, todos acaban por parecer lo que son, y sin tardanza.
¿Cómo es que no lo vemos año tras año, legislatura tras legislatura?
¿Cómo es que no sabemos distinguir a los del quinto grupo -que los hay- ni eliminar poco a poco a los de los otros cuatro?
Tal vez sería algo a lo que se podrían aplicar los integrantes del 15-M: no a descalificarlos a todos, que es lo que Franco hacía para justificar su prohibición de los partidos; sino a ir señalando, con nombres y apellidos si hace falta, a la enorme cantidad de mediocres, codiciosos, corruptos, fanáticos y engreídos que se han hecho con tanto poder en España.
He estudiado con atención los motivos de fondo de la indignación y sus eslóganes:
"no nos representan"; "no queremos ser las víctimas de los errores del poder económico y financiero"; "queremos otro tipo de democracia"; "no nos basta votar".
Y leo que casi el 50% de los indignados son personas que han perdido el trabajo sin que como ciudadanos hayan perdido su exigencia de dignidad.
¿Cómo no estar de acuerdo?
Pero una pregunta se impone: ¿por qué solo ahora? ¿Es que los políticos nos representaban mejor cuando teníamos trabajo y éramos más ricos? ¿Es que cuando los bancos regalaban el dinero para hipotecas fáciles eran menos tiranos que hoy? ¿Es que cuando votábamos felices con nuestra riqueza real o aparente ejercíamos una democracia más eficaz y real que hoy?
Todos los indignados -entre los que quiero contarme aunque a miles de kilómetros de distancia de la Puerta del Sol- somos hijos de la globalización y disfrutamos de ella.
Gracias a esa globalización llevamos gozando desde hace años de todos los privilegios que conlleva en la práctica. Pero ¿nos preguntábamos, mientras saboreamos sus frutos, lo que existe o puede existir detrás de ella de explotación laboral, de empobrecimiento de algunos países a costa de otros, de las injusticias que lleva en su seno? Hoy vemos y al instante, a través de la comunicación global, las lágrimas, el terror, la angustia, el desamparo de millones de seres humanos, que sufren más que nosotros de falta de riqueza, de trabajo o de libertad. Los conocemos. Podemos contarlos. ¿Es posible hoy indignarnos solo como españoles o como griegos o como lo que sea, ignorando que en nuestro planeta, que se nos cuela en casa a cada instante, millones no tienen la posibilidad de indignarse, ni pacíficamente?
Compramos baratas las cosas hechas en China.
¿A costa de cuánto dolor de sus trabajadores, que ni pueden protestar?
Nuestra indignación es global o no lo es. Si no lo es, se apagará antes de lo que quisiéramos.
Y sobre todo, no nos llenará el alma.
No sé cuáles son los textos de los que se nutren las asambleas y discusiones de los indignados.
Me gustaría recordarles una página bíblica que quizás les ayude a la reflexión: la del astuto y ambicioso patriarca Jacob (símbolo del poder), que consigue comprar la primogenitura (la identidad) a su hermano Esaú, por un plato de lentejas.
El episodio me ha venido a la memoria leyendo días atrás unas reflexiones del mayor economista vivo brasileño, Carlos Lessa, que tuvo en sus clases de la universidad como estudiante a la actual presidenta de la República, Dilma Rousseff.
El economista denuncia que el drama de nuestro tiempo consiste en que los ciudadanos han vendido su identidad de ciudadanos y con ella sus valores más esenciales, que pueden cambiar pero no morir, como la justicia, la solidaridad, su capacidad de representación, la paz y la libertad, no ya por el plato de lentejas bíblico, sino por lo que él llama el "sujeto consumista", ya sin identidad, sin primogenitura, sin valores y, lo que es más grave, por una falsa identidad de "usar y tirar", que nos desnuda de todo tipo de personalidad humana, esclavos de las modas del instante.
Ser "sujetos de consumo", o "sujetos meramente económicos", incapaces de una identidad propia que nos impide entender que a veces "menos es más", es no solo hoy sino que lo ha sido siempre, el sueño de todos los poderes: político, económico, financiero, comercial etcétera.
Un sueño contra el que no existían indignados mientras saboreábamos el plato de lentejas, la riqueza que nos bastaba, aun a costa de olvidarnos de nuestra identidad de ciudadanos que nunca será completa sin una carga constante de indignación.
En el relato bíblico, hay una apostilla significativa: Jacob (el poderoso y ambicioso), no solo le dio el plato de lentejas a su hermano Esaú para adueñarse de su identidad de primogénito, sino que, dice la Biblia, "le dio también pan para que acompañase a las lentejas".
¿No es así como actúan todos los poderes que no solo nos ofrecen bienes materiales, sino también el pan de lo superfluo para adormecernos mientras ellos nos despojan de nuestra identidad de ciudadanos libres?
Cuando, en este momento, ni esos bienes nos pueden ya ofrecer o nos despojan de ellos, podríamos caer en la tentación de creer que es solo ahora cuando quieren robarnos nuestra identidad de ciudadanos libres y con derechos.
No, ya nos habían despojado antes de ella y nosotros preferimos las lentejas. Ojalá no volvamos a regalarles nuestra identidad, en aras de nuevas y falsas promesas de solo bienestar económico.
Indignarse es también despertarse del sueño ilusorio en el que nos habíamos dormido.
Gracias a los que nos están ayudando a conseguirlo.
El lenguaje es la herramienta más poderosa con la que cuentan los seres humanos.
Dúctiles, elásticas, maleables, tan universales como a la vez sujetas a un perpetuo proceso de creación y recreación, las palabras, que en teoría designan una idea, tienen el poder de modificar la idea de la que provienen. Así, no solo sirven para expresar la verdad.
También pueden emplearse para convertir verdades en mentiras encubiertas.
Lo que hoy se llama reformas, antes se llamaba neoliberalismo.
Lo que hoy se llama flexibilidad del mercado laboral, hace muy poco se llamaba despido libre.
Así, ajustes ha sustituido a privatizaciones, austeridad ha reemplazado a abandono de los servicios públicos, y credibilidad a docilidad ante las exigencias de los mercados financieros. La lista es cada día un poco más larga, el panorama, un poco más negro.
Pero aunque la sociedad esté inerme como nunca frente a una hidra inmortal, de incontables cabezas, deberíamos reivindicar, antes que nada, la dignidad del lenguaje, la verdadera función de las palabras.
Llamemos a las cosas por su nombre. Al margen de ese empeño, ninguna rebeldía será posible.
La tarea de Rajoy era relativamente fácil.
Que la legislatura está agotada es de dominio público; por tanto, su ejercicio era redundante.
A base de apostar por lo evidente, que la crisis ha quemado al Gobierno, Mariano Rajoy se consolida como aspirante a presidente por defecto. La ciudadanía ve que las cosas no funcionan y, en estos casos, la democracia, a diferencia de los demás regímenes políticos, ofrece la opción del cambio sin trauma.
Por pura higiene democrática, Rajoy debería hacer algún esfuerzo para merecerlo.
La tarea de Zapatero era misión imposible.
Las cosas son lo que son y la percepción de ellas que se ha instalado en la sociedad.
Seguro que es cierto que las desregulaciones propiciadas en los años del aznarismo, y su apuesta por el poder financiero -para hacer de Madrid capital global del espacio iberoamericano- y por la construcción, debilitaron el sistema, que fue devorado por la crisis. Pero ocurrió hace tiempo y ni siquiera a los que se dejaron engañar entonces y ahora no pueden pagar la hipoteca, se les ha ocurrido que fueran aquellas políticas las causas de sus desgracias. Las cosas les van mal ahora. Y ahora mandan los socialistas. Seguro también que las bases de protección social y de ayudas varias que los Gobiernos de Zapatero han creado son útiles para atemperar los golpes de la crisis, pero la realidad del malestar es demasiado fuerte para que la gente perciba el valor de estos mecanismos. Por tanto, el discurso de Zapatero, revaluando su herencia, solo podía quedar a beneficio de inventario. Para hacer pedagogía eficiente se necesita cierta autoridad.
Y Zapatero, en este momento, no la tiene.
El resultado de este cruce de objetivos fue desolador.
Creo que hay una enorme confusión en la clase política respecto a la salud de nuestra democracia. Toman el hecho de que la gente vaya a votar como un salvoconducto a la impunidad y están muy equivocados. Primero, hay mucha gente que no va votar (bastante más del 40% en las últimas municipales); segundo, la gente que va a votar lo hace, muy a menudo, por un gesto de civismo y por el mal menor, pero sin que en su papeleta conste un aval incondicional a la clase política, ni mucho menos. Cuidado, por tanto, en confundir voto con bula.
Y en creer que la democracia solo concierne a la ciudadanía una vez cada cuatro años.
Zapatero perdió la ocasión de buscar la empatía con los ciudadanos.
Ahora ya no se espera nada de él. De modo que la única forma de conectar con la gente era volver, por un momento, al terreno de lo sensible: transmitir en su discurso lo que transmite su rostro actualmente, una profunda tristeza (¿alguien se acuerda de su famosa sonrisa?), una sensación de amargura porque todo haya salido tan mal. Creo que Zapatero no es un cínico, y, en cambio, no ha sabido transmitirlo porque está demasiado parapetado detrás de una piel de elefante que le ha alejado de la realidad. Sus éxitos en la modernización de España en materia de costumbres y libertades y en la derrota de ETA son indudables.
Pero ha resultado que, a la hora de la verdad, solo ha contado la economía.
ÇY no supo corregir la herencia que ahora critica.
Él también se dejó llevar por la quimera del oro. Su figura ya está descompuesta a ojos de los ciudadanos. Y él se empeña en aguantar el tipo hasta el final.
Rajoy a piñón fijo: elecciones.
¿Cuántas veces ha pedido este hombre elecciones en su vida?
Sin duda, es más fácil pedir elecciones que decir para qué.
Pero Rajoy sabe que hay una pulsión de cambio a lo que sea. Y con eso le basta. Sin embargo, con su empeño en poner el acento en las elecciones y no en los objetivos, da más argumentos a los que piensan que los políticos no tienen otro objetivo que conquistar el poder y que el interés general les tiene sin cuidado. A mí, francamente, me cuesta mucho entender que los electores no penalicen a un partido que solo ha jugado a cuanto peor mejor.
Pero también me costaba entender que votaran listas electorales cargadas de imputados en casos de corrupción y, sin embargo, ganó Camps.
En lo que debería ser un fructífero análisis sobre la situación de nuestro país, un diálogo fluido para tratar de llegar acuerdos con los que conseguir reconducir la difícil situación que atravesamos, un encuentro para repasar los errores cometidos y proponer medidas correctoras que mitiguen sus efectos, no encontramos más que un cruce de declaraciones altisonantes, de reproches, de afirmaciones contundentes con el único fin de desacreditar al adversario político, de frases elaboradas y estudiadas con el propósito de dejar en evidencia al otro bando.
Sus señorías se despachan a gusto y pasan las horas muertas entre vítores y aplausos, tal y como si estuvieran en el cine o en el circo. Asistimos al dantesco espectáculo que protagonizan los que no asumen culpa alguna por las malas gestiones llevadas a cabo y los que sugieren una alternativa tan vacua e insustancial como ese inventario de propuestas que nunca concretan.
Y, mientras tanto, el ciudadano queda relegado al enésimo anfiteatro y comprueba cómo nuevamente a nadie parecen importarle nada todos aquellos problemas a los que, en el actual contexto de profunda crisis, debemos hacer frente.
Es verdaderamente indignante que después de escuchar durante horas a nuestros políticos, a nadie le quede ni medianamente claro el camino a seguir para vislumbrar un horizonte algo menos desesperanzador.
Podrán exigirnos compromiso, sentido común y un esfuerzo adicional para contribuir al bien común, pero jamás que nos reconozcamos ni nos sintamos identificados con ese ejercicio de irresponsabilidad manifiesta.
El primer ministro chino, Wen Jiabao, que llegó a Europa el día 24, tenía previsto visitar Alemania, Reino Unido y Hungría. ¿Por qué Hungría?
En parte, porque ocupa la presidencia de turno de la UE, pero también porque China dispone de grandes inversiones en el país y pretende hacer más, como en otros lugares del sur y el sureste de Europa. Un estudio que van a publicar Francois Godement y Jonas Parello-Plesner, del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (ECFR en sus siglas en inglés), calcula que China hoy tiene el 40% de sus inversiones de la UE en Portugal, España, Italia, Grecia y Europa del Este.
El último año, varias autoridades chinas han visitado asimismo España, Portugal y Grecia.
¿Por qué prestar tanta atención a la periferia?
Porque en esos países se pueden hacer inversiones prometedoras, y esas economías periféricas, más pequeñas, son una forma sencilla de entrar en un mercado europeo único de 500 millones de consumidores. El mercado de la UE está mucho más abierto a los inversores chinos que el chino a los europeos. Además, hacer grandes inversiones en estos países tiene una compensación política. Cuanto más dependan económicamente de China, menos probabilidades habrá de que apoyen las acciones comunes de la UE que China considera hostiles a sus intereses fundamentales.
No es demasiado cínico darse cuenta de que Pekín está construyendo una especie de lobby chino dentro de las estructuras de toma de decisiones de la UE, donde, al menos en teoría, el Estado más pequeño es igual que el más grande.
Con la eurozona en cuidados intensivos, a países como Grecia, España y Portugal también les gustaría que China comprase parte de sus desolados bonos del Estado. Aunque no conocemos las cifras exactas de las adquisiciones de bonos por parte de China, sí sabemos que los gestores chinos de fondos soberanos llevan un tiempo diversificando discretamente sus inversiones para no limitarse a los bonos del Tesoro estadounidense.
Sus dirigentes políticos pronuncian palabras comprensivas y hablan de ayudar a la eurozona.
La verdad es que a la economía china le perjudicaría que la economía europea cayese en picado.
China, que posee las mayores reservas extranjeras del mundo -alrededor de tres billones de dólares-, podría comprar la mitad de los bienes públicos privatizables de Grecia en un abrir y cerrar de ojos. ¿Deben desconfiar los griegos de unos chinos que llegan cargados de regalos?
Ya lo dice el refrán: a caballo regalado no le mires el diente.
Como explicó un destacado geoestratega chino a uno de los autores del informe que va a publicar el ECFR, con exquisita delicadeza oriental, "ustedes necesitan nuestro dinero".
No debemos mostrarnos paranoicos ni hipócritas.
Si creemos en el libre comercio y los mercados, debemos llevar a la práctica lo que predicamos. (Yo voy a tener pronto un coche hecho por un fabricante de propiedad china. Se llama Saab).
El problema no es que a los chinos les resulte demasiado fácil invertir aquí, sino que a los extranjeros les resulta demasiado difícil invertir allí. Pero no cabe duda de que el poder económico chino ya está introduciéndose hasta el corazón de Europa, ni de que eso se traduce en influencia política.
Para algunos vecinos asiáticos de China, su ascenso ha tenido consecuencias mucho peores.
La potencia asiática pretende controlar los mares del Sur de China, hasta el punto de que ha dicho que es uno de sus "intereses fundamentales", y, en las últimas semanas, buques de la Marina china han cortado dos veces los cables de barcos vietnamitas de exploración petrolífera. Mientras que, en Europa, algunos siguen soñando con un mundo posmoderno de soberanía compartida, en el que la UE sea un modelo de gobernanza mundial, la geopolítica de Asia se parece cada vez más a la de la Europa de finales del XIX, no del XX.
Unas potencias soberanas impacientes se disputan la supremacía, construyen armadas y ejércitos y luchan por controlar tierra (como Cachemira) y mar.
Los intereses y las pasiones nacionales pueden más que la interdependencia económica.
Nunca olvidaré mi primera conversación, hace unos años, con uno de los principales expertos chinos en relaciones internacionales, Yan Xuetong. Hablandodel ascenso de China, observé que la transferencia de la supremacía mundial de Gran Bretaña a Estados Unidos a partir de 1945 era el único ejemplo que conocía de un gran traspaso hegemónico que no había ido acompañado de una guerra.
"¿Qué quiere decir?", me interrumpió Yan, agitando las manos.
"¡Claro que hubo una guerra! Solo que contra otro país...". Tenía razón.
La guerra contra la Alemania nazi sirvió de catalizador del traspaso de hegemonía de Londres a Washington. Confiemos en que la historia no se repita.
Pero sería muy sorprendente -por todos los precedentes históricos- que el ascenso de China no vaya acompañado, en algún momento de los 10 o 20 próximos años, por un conflicto armado con alguno de sus vecinos de menor tamaño.
Podría ser Vietnam, por ejemplo, con la consiguiente cuestión de cómo reaccionaría Estados Unidos.
Junto a las dimensiones económica y militar del ascenso de China como potencia, existe un tercer aspecto: el político y cultural, el del poder blando.
Yan Xuetong acaba de escribir un libro fascinante titulado Ancient Chinese Thought, Modern Chinese Power (Pensamiento chino antiguo, poder chino moderno).
Está dedicado a examinar las enseñanzas del pensamiento político anterior a la dinastía Qin -es decir, anterior al año 221 antes de Cristo- aplicables al papel de China en el mundo actual.
Yan sostiene que en aquellos pensadores chinos antiguos pueden distinguirse dos ideas opuestas sobre el poder del Estado: la hegemonía y lo que llaman la "autoridad compasiva".
Con la "autoridad compasiva", la sabiduría, la virtud y la beneficencia de los gobernantes no solo satisface a sus ciudadanos, sino que atrae a otros, por lo que extiende su forma de gobernar más allá de sus fronteras.
Si bien Yan no parece rechazar del todo la mera hegemonía, afirma que China debe aspirar a esa forma más ambiciosa de poder, entre otras cosas, "renovando sin cesar el sistema político".
Aunque se muestra un poco elíptico al llegar a este punto, también sugiere que "China debe incluir el principio moral de la democracia entre los principios que promueve".
Hay que dejar claro que la China de 2011 está muy lejos de ejercer esa "autoridad compasiva".
Desde los tiempos del gran reformista Deng Xiaoping, puede reivindicar el logro moral de haber sacado a cientos de millones de personas de la pobreza.
Para los países en vías de desarrollo de todo el mundo, su modelo de capitalismo de Estado representa un desafío ideológico al modelo liberal de capitalismo de libre mercado, hoy desgarrado por la crisis.
El hombre que visita Europa, Wen Jiabao, es un número dos auténticamente atractivo y considerado, muy abierto a debatir las preguntas polémicas de extranjeros y popular incluso entre los insatisfechos jóvenes de su propio país.
Sin embargo, en los dos últimos años, un Partido Comunista nervioso, que se encaminaba hacia la transición de poder en 2010, ha retrocedido a una forma que no tiene nada de compasiva, ni en el tratamiento de las minorías étnicas del país ni en el encarcelamiento del artista Ai Weiwei, que fue finalmente liberado hace unos días.
Su reacción ante la primavera árabe ha sido de mayor preocupación de lo que, a juicio de la mayoría de los observadores, debería haber sido.
Ninguna de las tres facetas del poder chino -económica, militar y política- puede separarse de las demás. Todas están cambiando.
Es deseable un diálogo crítico como el que quieren mantener David Cameron y Angela Merkel con el admirable señor Wen.
Pero la realidad es que la influencia externa en la evolución de esta superpotencia emergente va a ser limitada.
Por consiguiente, necesitamos poner nuestros propios asuntos en orden, vigilar la situación y tener esperanza.
Instituciones. La pena de muerte era en Europa toda una institución, por no hablar de la guillotina y el garrote vil. Hasta que ya no lo fue. Mi ejemplo bien puede calificarse de extremo. Pero es que creo que las recetas para la crisis de esa sacra institución de nuestros días, el Fondo Monetario Internacional -cuyo funcionario más progresista saltaba como un mono de la ducha al acoso del servicio-, se han revelado no solo erradas sino crueles. Al menos, la guillotina mataba de un solo tajo y de uno en uno a los ciudadanos. El FMI y su sistema de préstamos con usura al corto plazo decapitan la esperanza de pueblos enteros y convierten el presente en una entelequia cuyo único lugar habitable, real y posible es, insisto, la calle.
Todo esto se produce mientras campeones de otras grandes instituciones -los bancos- también nos exhortan a portarnos bien. El desapacible señor Fernández Ordóñez insiste en que va mejor, pero no es bastante; y Francisco González, ese pobre paria del BBVA, al tiempo que afirma en México su disposición a invertir 2.000 millones de euros en aquel país, explica que las reformas del señor Zapatero no han llegado a buen camino, porque como es socialista no cree en ellas.
Hartos de tanto sabio, de tanto memo grande solo en ambiciones, y de tanto adalid de la única institución a la que sirven: el capitalismo gore, cuyo medio es nuestro fin.


Lo sorprendente del caso es que, ayer, la ministra de Salud de Hamburgo, Cornelia Preafer-Storcks admitió que en los análisis de pepinos españoles no existen rastros del agente patógeno de tipo 0101, es decir, donde dije digo, digo diego y aquí no ha pasado nada.
Creo que ya ha llegado el momento de revisar los estereotipos nacionales a la vista de que incluso en la mitificada Alemania se producen chapuzas impresentables, incompetencias notables y maldades hasta ahora identificadas habitualmente con los países sureños de una Europa que permite acciones unilaterales tan lamentables como la descrita.
Por si fuera poco, la señora Merkel, que ya había dado muestras sobradas de su inoportuna, o perversa, locuacidad en los momentos económicos más difíciles de España, ha decidido también que donde había dicho digo, ahora dice diego respecto a las centrales nucleares: si dijo que no se cerrarían pese al desastre japonés, ahora dice que se cerrarán. El cambió de criterio en unos pocos días parece estar relacionado con los desastrosos y recientes resultados electorales.
Es decir, todo vale con tal de seguir en la poltrona.
Naturalmente, en las tertulias políticas tedeteteras, lo que Wyoming llama "el tdt party", las conclusiones de los arrojados tertulianos no eran otras que las de lamentar la falta de carácter y respuesta del Gobierno de Zapatero, tratado como si fuera una zapatilla vieja. Alguno hubo que lo comparó con la fortaleza y dignidad del Gobierno Aznar.
Es evidente que la lealtad es un factor positivo para las subvenciones y concesiones de los gobiernos autonómicos. Llegan buenos tiempos para incrementarlas y hay que colocarse en la primera fila. Algo de esto deben pensar también los miembros de la cúpula de la patronal CEOE cuando, en un giro inesperado aunque consecuente con los resultados electorales del 22 de Mayo, decidieron elevar el listón de sus condiciones para los convenios colectivos, situándolo a una altura difícilmente salvable por las centrales sindicales.