
Manuel
#387
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Si bien la piratería es muy antigua, lo que está pasando en el mar frente a Somalia refleja cuatro fenómenos muy modernos.
El primero es que en el mundo de hoy todos somos vecinos.
El segundo, que la combinación de tecnología moderna con anarquía medieval y degradación ambiental crea graves riesgos para la seguridad internacional.
Tercero: los piratas son un ejemplo más de la ineficacia de los ejércitos mejor equipados de la historia para neutralizar a pequeñas bandas de civiles armados.
Cuarto: ningún país, por más poderoso que sea, puede enfrentarse a solas a los piratas u otras amenazas similares.
Las naciones fracasadas son peligrosas para todos:
Somalia es el país más fracasado del mundo. Es miserable, ingobernable y remoto.
Pero los problemas de Somalia no se quedan dentro de sus fronteras.
Los somalíes que pueden, emigran; como sea. Al Qaeda ha encontrado allí una base ideal y su alianza con Al Shabab, un grupo islamista somalí, es una prioritaria preocupación para los servicios de espionaje estadounidenses y europeos.
Los piratas son otro ejemplo de cómo la anarquía dentro de un país se desparrama más allá de sus fronteras. En estos tiempos de globalización ningún país es demasiado remoto o aislado.
Sorpresa: Somalia tiene los mejores servicios de telecomunicaciones de África.
Varias empresas privadas ofrecen un excelente servicio de telefonía móvil y cobran las tarifas más bajas del continente. Hay 724.000 teléfonos móviles y se puede obtener una línea fija en sólo tres días. Fracasado sí, pero también muy bien interconectado. Todos somos vecinos.
De pescadores a piratas.
La anarquía política estimula la anarquía en el uso del medio ambiente.
En Somalia la falta de Gobierno permitió la abusiva explotación de su mar por flotas pesqueras extranjeras armadas con modernas tecnologías de pesca de arrastre. Inevitablemente, esto llevó a los pescadores somalíes a perder su fuente de sustento. Los pescadores reaccionaron y se aliaron con las milicias locales para atacar en alta mar a los barcos pesqueros extranjeros con el fin de ahuyentarlos. Pronto descubrieron lo fácil que era abordarlos, llevarlos a Somalia y cobrar un rescate para devolverlos. De allí a atacar superpetroleros hubo un solo paso.
La degradación ambiental será la fuente de muchos de los conflictos por venir.
Piratas, 1; resto del mundo, 0.
Los piratas están enfrentados a la Armada más poderosa del planeta.
Los buques de guerra de la OTAN y los de Rusia, China, Ucrania y Japón están a la caza de piratas. La fuerza aeronaval europea está compuesta por ocho fragatas y miles de efectivos de distintos países. El general David Petraeus, jefe del Comando Central de las Fuerzas Armadas estadounidenses, anunció que enviaría aún más fuerzas a enfrentarse a los piratas. Pocas horas después de ese anuncio los piratas capturaron un remolcador italiano. Las cosas no van bien para los militares modernos enfrentados a piratas en pequeñas lanchas con motores fuera de borda y armados con Kaláshnikov oxidados y lanzagranadas viejos. Los piratas somalíes tienen mucho en común con los talibanes y los insurrectos iraquíes: son un ejemplo más de que en el mundo de hoy a las superpotencias no les es fácil combatir con éxito a grupos pequeños de civiles pobres y mal equipados pero altamente motivados por dios o por el dinero.
El multilateralismo al rescate.
La palabra multilateralismo suena tediosa y burocrática. Y las actividades multilaterales lo son.
Pero ninguna de las amenazas globales que ejemplifican los piratas podrán ser enfrentadas con éxito si distintos países no logran trabajar juntos de manera eficaz. Sin multilateralismo no habrá manera de ayudar a los Estados fallidos a recuperarse, de combatir los abusos contra el medio ambiente o luchar eficazmente contra la piratería y el terrorismo.
El multilateralismo es lento, engorroso y frustrante.
También es indispensable.
Más tarde fueron las fotos en blanco y negro de una escultura, hecha en la época de Mao, de un patio prerrevolucionario de recaudación de rentas que me enseñó un entusiasta profesor inglés. Luego fue la locura -ingenuamente malinterpreta-da- de la revolución cultural y la Guardia Roja (todavía tengo mi ejemplar del Libro Rojo de cuando era estudiante).
Y ahora es un culto profesor chino, vestido con traje oscuro, que me dice en un inglés excelente: "Lo que dice Confucio es...".
Todo el mundo sabe que en China el confucianismo ha reaparecido.
Un libro de divulgación de Confucio escrito por una profesora china presente en los medios de comunicación, Yu Dan, ha vendido más de 10 millones de ejemplares, de ellos, unos 6 millones, por lo visto, en ediciones piratas. Su libro recibe el apodo de Sopa de pollo china para el alma. En el campus de la prestigiosa Universidad Tsinghua de Pekín, antes, había una estatua del presidente Mao. Ahora está Confucio. Está a punto de rodarse una película sobre Confucio con dinero de una compañía cinematográfica estatal. Chow Yun-Fat, conocido por hacer de duro en las películas de gánsteres de Hong-Kong, interpretará al maestro.
Y existen colegios privados explícitamente confucianos.
Este renacimiento de Confucio es un asunto tanto público como privado, tanto social como del Estado y el Partido.
"Confucio dijo que la armonía hay que cultivarla", dijo el presidente Hu Jintao en febrero de 2005, para promover los objetivos del Partido Comunista de una sociedad y un mundo armoniosos. "De Confucio a Sun Yat-sen", declaró el primer ministro Wen Jiaobao un par de años después, "la cultura tradicional de la nación china posee numerosos elementos preciosos", entre los que mencionó "la comunidad, la armonía entre distintos puntos de vista y la posesión común del mundo". En un libro llamado China's new confucianism [El nuevo confucianismo de China], el teórico político Daniel A. Bell dice en broma que el Partido Comunista Chino (PCC) quizá acabe llamándose un día Partido Confuciano Chino.
En una exposición celebrada en el mayor templo confuciano de Pekín, unas luces eléctricas proyectadas sobre un mapa señalan la difusión en el mundo de los Institutos Confucio, los equivalentes relativamente nuevos de China a los Institutos Goethe de Alemania y a las oficinas del British Council de Reino Unido. Aunque estos Institutos Confucio, por ahora, se dedican sobre todo a impartir la lengua china, la exposición deja claramente implícito que al mundo le vendría muy bien un mejor conocimiento del pensamiento de Confucio.
Hay una forma simplista de interpretar este renacimiento del confucianismo, y otra más interesante.
La forma simplista es tratar de ver en el confucianismo la clave para comprender la sociedad, la política e incluso las relaciones internacionales de la China contemporánea. Es un caso de lo que yo llamo Huntingtonismo vulgar, una versión simplificada del determinismo cultural que está presente en el Choque de civilizaciones de Samuel Huntington. Los chinos son confucianos, así que harán esto o aquello...
Ahora bien, para empezar, existen muchas versiones distintas del confucianismo.
Bell distingue el confucianismo liberal, el confucianismo oficial o conservador, el confucianismo de izquierdas y el confucianismo pop y despolitizado (la sopa de pollo de Yu Dan). Más importante, el confucianismo no es más que un ingrediente en la mezcla ecléctica que caracteriza hoy a China. Muchos elementos de su sociedad y su sistema político se pueden definir sin hacer ninguna referencia a Confucio, y algunos harían que el maestro se removiera en su tumba. Además del confucianismo, es posible ver elementos de leninismo, capitalismo, daoísmo, la sociedad de consumo occidental, socialismo, la tradición imperial china del legalismo, y más.
La mezcla es precisamente lo que define el modelo chino, que, en cualquier caso, no está todavía definitivamente formado.
Porque China sigue siendo un país en vías de desarrollo en todos los sentidos del término. Sólo cuando esté más desarrollado sabremos con exactitud cuál es el modelo chino.
Mientras tanto, si es preciso buscar una sola etiqueta para definir hoy China, mejor que el confucianismo valdría el confeccionismo. El secreto está en la confección.
Por consiguiente, es un grave error pensar que una conversación política e intelectual con China es un "diálogo entre civilizaciones".
Según esa concepción, los occidentales ponemos sobre la mesa lo que denominamos los valores occidentales, los chinos ponen lo que denominan los valores chinos, y entonces vemos qué piezas encajan y cuáles no.
Tonterías.
No existen una civilización occidental y una civilización china puras, auténticas y separadas.
Llevamos siglos mezclándonos, sobre todo los dos últimos. La pureza cultural es una contradicción.
Sí, en China el confucianismo es más importante que el catolicismo, y en California el catolicismo es más importante que el confucianismo; pero hay más de Occidente en Oriente y de Oriente en Occidente de lo que la gente se imagina. Además, hace ya 2.500 años, cuando China y Europa eran verdaderamente mundos separados, Confucio abordó algunas de las mismas cuestiones que Platón y Sófocles, porque son temas universales.
No son problemas orientales ni occidentales; son cuestiones humanas.
La forma más interesante, pues, de abordar el confucianismo desde el punto de vista occidental -en una conversación que los Institutos Confucio oficiales de China deberían fomentar- es muy distinta.
El punto de partida es una sencilla proposición: he aquí un gran pensador que todavía tiene cosas que enseñarnos hoy. Las ricas escuelas de interpretación académica a lo largo de más de dos milenios no sólo reinterpretaron a Confucio para cada época, sino que añadieron ideas propias. Deberíamos leerle, y leer esas interpretaciones, como leemos a Platón, Jesús, Buda o Charles Darwin, y todas sus interpretaciones.
No se trata de un diálogo entre civilizaciones, sino de un diálogo dentro de la civilización.
La civilización humana, lo que hace que seamos más que simples bestias.
Para poder mantener esta conversación, la mayoría de nosotros necesita traductores.
En Pekín he estado leyendo la traducción de las Analectas de Confucio realizada por Simon Leys, con sus notas llenas de referencias a escritores occidentales (el caballero cultivado de Confucio comparado con el honnête homme de Pascal, etcétera). Con la ayuda de Leys, las Analectas me han parecido infinitamente más accesibles, y he podido disfrutarlas y sacarles más partido que en el caso del texto central de otra tradición cultural con la que los europeos debemos dialogar: el Corán. Por supuesto, algunos fragmentos son oscuros o anacrónicos, y otros -por ejemplo, los que subrayan el poder de los hombres por encima del imperio de la ley- contrastan enormemente con el liberalismo contemporáneo.
Pero muchas de las frases que se atribuyen a Confucio destilan un humanismo laico extraordinariamente fresco.
Prefiero su formulación precavida de la regla de oro de la reciprocidad -"lo que no desees para ti mismo, no se lo hagas a otros"- a la cristiana.
¿Qué debe hacer el Gobierno? "Hacer felices a los habitantes locales y atraer a inmigrantes llegados de lejos".
¿Cómo podemos ayudar a nuestro líder político? "Dile la verdad, aunque le ofenda".
Y la mejor: "Se puede arrebatar a un ejército su comandante en jefe; no se puede privar al hombre más humilde de su libre albedrío".
Estoy perdido, condenado y quiero mi excomunión.
Yo, (...) que comulgo en volterianismo y anticlericalismo, tampoco quiero que con mi dinero se subvencionen obispos, Conferencias Episcopales, ni católicos en las calles, ni antiabortistas furibundos, ni seguidores de un Papa que no quiere preservativos, ni hipócritas amantes de linces ni a ninguno de esa tropa.
Me parecen herederos de aquella católica sociedad que se llamó "Ángel exterminador".
No quiero confundir a los católicos de hoy con los bárbaros de ayer, pero no me fío.
No quiero que los ciudadanos razonablemente laicos caigamos en las garras de tropas de fanáticos entregados a la farsantería. No estoy solo, somos legión.
JAVIER RIOYO 22/03/2009
Manuel
#382
Certes, tous les sinologues le répètent à l'envi : il y a loin de la coupe aux lèvres. Mais dépenser 95 milliards d'euros en trois ans pour étendre la couverture sociale à 90 % de la population et créer 700 000 centres de santé dans les villages, ce n'est pas négligeable. D'ici à 2020, tous les Chinois devraient, c'est promis, bénéficier d'une couverture-santé.
Il serait temps : la Chine est l'un des pays les plus inégalitaires en la matière. Troisième économie mondiale, elle n'est classée qu'au 144e rang (sur 190 pays) pour la qualité de son système de soins par l'Organisation mondiale de la santé (OMS). Notamment parce que ce secteur a été, comme le reste de l'économie, soumis à des critères de gestion privée.
Alors que l'Etat prenait à sa charge 32 % des dépenses de santé en 1978, sa part n'est plus que de 18 %. En revanche, celle des particuliers atteint 49 %. Un exemple parmi d'autres des dysfonctionnements : comme les hôpitaux, responsables de leurs budgets, gagnent de l'argent sur les médicaments qu'ils vendent aux patients, nombre de médecins ont, paraît-il, la main lourde.
Et encore : si vous avez accès à un hôpital, ne vous plaignez pas. Dans les campagnes, le personnel médical est une denrée rare. Au point que la mortalité infantile est incomparablement plus élevée dans les zones rurales que dans les régions côtières.
La mise en place d'un système de santé publique digne de ce nom en Chine est donc une bonne nouvelle. Pour les Chinois bien sûr. Mais pour nous aussi. Faute de couverture sociale, les Chinois épargnent au lieu de consommer. S'ils savent pouvoir compter sur l'Etat pour prendre en charge les aléas de la vie, ils deviendront un peu moins fourmis et un peu plus cigales, ce qui ne peut que favoriser nos exportations. On l'a oublié : en Europe, la Sécurité sociale a été une des causes - et non une des conséquences - des Trente Glorieuses. Que la Chine suive cette voie est une nouvelle réjouissante.
Pour peu que Barack Obama parvienne à donner une couverture-maladie aux 46 millions d'Américains qui en sont dépourvus, la protection sociale aura considérablement progressé sur la planète. Mais qu'on ne se réjouisse pas trop vite. Selon l'OCDE, plus de la moitié de la population active mondiale, soit 1,8 milliard de personnes, travaille au noir et ne dispose donc pas de couverture sociale.
Rêvons, oui, mais restons éveillés.
par Frédéric Lemaître, Le Monde, 10-04-09
Manuel
#381

La ausencia de datos concretos constituye el eterno problema de quien intenta narrar la predicación y muerte del hombre de Nazaret. Especialmente cuando no se atiende a un evangelio determinado y se pretende contar los hechos "como debieron ocurrir".
La Pasión, una miniserie emitida estos días por Canal+, aporta, basándose en la arqueología, una crucifixión físicamente distinta a la tradicionalmente representada (con las piernas del reo apoyadas y ladeadas); por lo demás, como cualquier producción anterior, se basa en la tradición.
La Pasión ofrece un relato verosímil y bien trabajado, con la factura de calidad de HBO y BBC. Como obra dramática posee vigor y contención. Su propia verosimilitud, por otra parte, choca con ciertos argumentos cristianos. Algunos propagandistas católicos (Vittorio Messori, por ejemplo) señalan que en Jesús y su mensaje casi todo es imposible: que no existan datos históricos sobre él, o que la oscura ejecución de un oscuro predicador, entre los muchos iluminados que recorrían la remota Judea invadida, haya tenido tanta repercusión. De la suma de improbabilidades, y ante la evidencia de que el mensaje de Jesús ha sobrevivido, deducen que su fe es la correcta.
La posición de Messori suena razonable: se trata de una pura cuestión de fe.
Se cree o no se cree. No hay historia ni relato verosímil en los que apoyarse.

Hasta hace poco, la política oficial china era de demostración de modestia: el dragón vestido de lagarto.
Sí, buscaba un mundo armonioso, nada menos, pero quedaba sugerido que el mejor servicio que podía prestar China a ese propósito era su propio desarrollo interno pacífico. China alzaba la voz sólo en cuestiones relacionadas directamente con su desarrollo económico y sus intereses de Estado inmediatos.
Ahora da la impresión de que, poco a poco, está superando ese paradigma de la modestia.
A medida que, en esta crisis, el mundo le pide más, China también empieza a pedirle más al mundo.
El ejemplo más destacado es un reciente artículo del gobernador del banco central del país en el que sugiere la creación de una divisa de reserva internacional, por encima de las soberanías, "que esté desconectada de los países individualmente".
En otras palabras, no el dólar estadounidense.
La idea de ampliar la pauta de los Derechos Especiales de Giro del FMI, basada en una cesta de divisas, ha sido objeto de numerosas discusiones, entre otros, por parte de un grupo de expertos de la ONU dirigidos por Joseph Stiglitz. Pero esta idea adquiere un cariz especial cuando es el gobernador del banco central de China quien sugiere que se derroque al dólar de su trono. El miércoles pasado, en Londres, Gordon Brown y el presidente Hu Jintao hablaron de dar a China más poder de voto en el FMI a cambio de una mayor aportación financiera. Una sugerencia totalmente razonable.
En febrero, el vicepresidente Xi Jinping, presunto heredero de Hu Jintao, despotricó ante un público chino en México sobre los países ricos y poderosos que "juegan" con los pobres. ¿En quién estaría pensando?
El año pasado, un alto funcionario del Ministerio de Defensa chino dijo que el mundo no debería sorprenderse si China construye un portaviones propio. Pekín y Washington han chocado en público sobre el volumen del gasto de defensa chino. Y, al mismo tiempo, a los chinos les fascina la idea -inicialmente propugnada por un profesor estadounidense- de contar con un G-2 dentro del G-20. China y Estados Unidos, que formarían ese grupo de dos, serían para el mundo lo que el eje franco-alemán solía ser para Europa.
China también está invirtiendo más en diplomacia pública; hay casi 300 institutos Confucio en todo el mundo y ha aumentado el número de emisiones de radio internacionales y artículos de líderes chinos en los periódicos occidentales. El poder blando va camino de convertirse en una expresión común en chino.
Es decir, China está intensificando sus esfuerzos en las tres dimensiones clave del poder: económica, militar y blanda.
Pero del dicho al hecho hay mucho trecho.
Hasta ahora, China ha capeado el temor a la crisis económica mejor que Estados Unidos.
Los millones de trabajadores emigrantes que se han visto de repente sin empleo no han sacudido todavía el sistema. Sin embargo, quedan aún pruebas mayores. Stephen Roach, un veterano observador estadounidense de la economía china, dice que en el último trimestre de 2008 tuvo un crecimiento "muy próximo a cero", en comparación con el trimestre anterior.
A largo plazo, la pregunta importante para China sigue siendo: ¿es posible combinar la política autoritaria con la economía de mercado?
O, para decirlo de forma más positiva, ¿es posible una evolución controlada y paso a paso de este sistema político para convertirlo en uno más receptivo, transparente, responsable y, por tanto, duradero?
Seamos optimistas y supongamos, por suponer, que China consigue superar estos retos internos y continúa su ascenso pacífico. Entonces ¿qué?
¿Qué tipo de potencia mundial desearía ser? Nadie lo sabe, ni los propios chinos.
La respuesta dependerá de una generación de dirigentes que aún no está en el poder y de unos jóvenes chinos que todavía no tienen prácticamente opinión. No podemos limitarnos a extrapolar a partir de las actitudes de las generaciones mayores, influidas por los recuerdos del colonialismo, la guerra civil y la revolución cultural.
Parece probable que, en un futuro próximo, China siga dando enorme valor a la soberanía sin reservas (una soberanía que los Estados europeos, en su mayoría, ya no ejercen ni predican), la unidad de la madre patria (incluido Tíbet), un respeto con numerosas restricciones (sensible a cualquier insinuación de humillación colonialista) y las exigencias de su propio desarrollo económico. Mientras sea posible mejorar las relaciones con Taiwan por medios políticos y económicos, no parece que China, a diferencia de Rusia, vaya a ser una potencia revisionista, ni mucho menos expansionista.
Su estilo actual de política exterior, aunque a menudo terco, es pacífico, precavido, pragmático y evolutivo.
Ahora bien, aparte de esto, nadie sabe cómo se comportará China en su papel de actor principal dentro del sistema internacional cuando se le diga que, le guste o no, tiene que hablar y actuar sobre aspectos muy alejados de sus intereses nacionales.
A diferencia del caso de Estados Unidos, Reino Unido y Francia, la historia de China durante los últimos 200 años no ofrece unas tradiciones de política exterior -como las de Jefferson, Jackson, Hamilton y Wilson que detectó Walter Russell Mead en la política exterior estadounidense- que sirvan de referencia para sus actuaciones futuras como gran potencia. Algunos analistas, tanto occidentales como chinos, han tratado de remontarse más atrás en la historia china, a las tradiciones del confucianismo o el llamado legalismo, en busca de señales culturales enterradas.
Pero, aunque es un salto interesante, es excesivo.
Parece probable, pues, que las autoridades chinas construyan su propia tradición sobre la marcha.
Si la receta pragmática de Deng Xiaoping para la reforma interna fue "cruzar el río tanteando las piedras", China cruzará los océanos tanteando las aguas. Ello significa que todo dependerá, en gran medida, de la acogida que le deparen las potencias que hoy día establecen la mayor parte de las prioridades en la política mundial, en especial Estados Unidos y la Unión Europea.
Es decir, el proceso de definir qué tipo de potencia mundial va a ser China será profundamente interactivo.
Por ejemplo: ¿cuál es la actitud china respecto a una política exterior europea más unificada?
"Depende", es la respuesta que me ofrecen algunos de los especialistas chinos más informados sobre Europa.
Depende, sobre todo, de la actitud política de Europa respecto a China. Especialmente en el caso de los miembros más jóvenes de las élites chinas, que están deseando estudiar en Occidente y aprender de Occidente... para luego seguir haciendo las cosas a su manera.
